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Mostrando entradas de diciembre, 2004

Confesiones

[18 de diciembre de 2004, Buenos Aires, Argentina] A veces hay que internarse en el bosque misterioso de la vida con la intrepidez de Hansel y de Gretel, dejar caer migas de pan por el camino y confiar en que los pájaros se las coman y así perderse en la oscuridad de los cuentos de los hermanos Grimm. Y encontrar en esa oscuridad una casa hecha de dulces donde vive una vieja malvada y cocinarla al horno, con papas. O quizás esquivar la casa de dulces y descubrir algún nuevo sendero que nos lleva andá a saber dónde, con la esperanza de perderse y de encontrarse. No se me ocurre mejor metáfora que la del niño perdido en un bosque oscuro y confiando en las migas de pan como único instrumento de navegación para explicar algo que me pasó hace unos diez días. Leí una carta de lectores de La Nación que me irritó, y, como el email del remitente aparecía publicado, decidí contestarla. A la hora recibí contestación y ya no hubo forma de parar: los emails se sucedieron veloces, llenos de acusacio...

Caridad

[20 de Octubre de 2004, Buenos Aires] – Llego tarde a ver la Traviatta, che – se impacienta Tiago en el teléfono. Metéte en mi correo y fijate si hay algo urgente, si alguno pregunta por mis servicios mandá el parrafito en el que explico todo. – Sí, jefe. Si llama la señora, ¿qué le digo? – Que el señor se fue a ver una ópera con un gato, y que me tenga preparada la comida en cuánto llegue, sino la casco. – Sí, jefe. – Basta de decirme “jefe”, putazo. La fantasía de la secretaria en minifalda no te queda bien. – Que el correo te lo revise tu abuela, entonces. – Sé buenito. Me tengo que ir que me están esperando, después hablamos.