Dos besos

Este teclado se ensució, y por eso de pronto pongo mayúsculas y queda trabado arriba, ahí arriba, gritando, a los cuatro vientos, todo. Es el estado del teclado (sucio) pero conectado con el estado de ánimo (primaveral, rebelde), que no le alcanza con tu susurrar o decir, sino que quiere gritar. Y por eso está historia empieza con un beso y termina con un beso.

El primero en el jacuzzi, se me fue acercando, yo lo fui asimilando a través de la distorsión del agua, sólo le vi el pecho peludo y para abajo ondas, animal mitológico, sirena, mitad de cuerpo de hombre, la otra mitad sumergida en el agua. Estaba con otro, que por abajo, por esa parte difusa abajo del agua, lo tocaba. Me tiró la boca, como una dádiva, como una moneda a un mendigo, que hace clank y tenés la lengua en la boca. Pero era un beso ranura, un beso insert coin, una invitación a jugar al Pacman. Abría la boca así, horizontal, ranura, y vos tenías que insertar tu lengua y esperar una sacudida de su legua como una anguila eléctrica, una lengua que reaccionaba reptiliana, atacada.

Más abajo el tacto mejoraba el panorama, compensaba el espasmo linguístico, torpe, que me sacaba de marco todo el tiempo. Durito y tierno, invitación a tocar, abierto, pedigueño. Igual se sumó otro y yo me fui, no ofendido sino ofrendando, legando. Después el de la boca ranura vino a increparme con dulzura. Yo quiero estar con vos, el otro no me gusta. Y yo usé una diplomacia servil, una cortina de humo, para escaparme.

El otro beso es un beso continuo, de cuatro horas, donde apenas se vuelve a la superficie para respirar. Desde temprano le dije “vamos a casa” y se negó. Ese vamos a casa no eran ganas de coger, sino una sensación, la de estar otra vez en el lugar desde el que partí. Un nuevo comienzo. Como esas películas pedorras de terror, que de pronto sacan el capítulo “Un nuevo comienzo” y el asesino serial vuelve con cuchillos nuevos, más afilados.

Volvamos a casa, quise decir. Le pedí la cédula, porque yo estaba aturdido y él había dicho que tenía 18. Tuve que enfocar y desenfocar varias veces hasta que llegué al 1992 y tragué saliva. Justo cuando volvía con su boca, yo recostado en su falda, una Piedad de Miguel Ángel pero pedófila. No llego, insistía, avanzando con la boca, yo recostado sobre su falda. Es como cuando traté de chuparme la pija yo solo y no llegaba, dice. Tengo que dejar de pensar, pienso. No seguir la fila de miguitas obvias, Hansel y Gretel, de que este pibe no me besa a mí, sino que chupa su propia pija. Yo plomería que conecta, yo sorbete del narcisismo, ni siquiera la tenés tan grande.

Apretada retro en el reservado, excursión al baño, revisión en el espejo del baño para verme brutalmente disponible. El pelo revuelto, el cinturón desabrochado, la camisa abierta. Aparece atrás mío, como si apareciera desde dentro mío, en el espejo del baño, yo inclinado mojándome la cara con agua fría. Me inclino otra vez, él me abraza desde atrás. Yo hago sexo simulado, moviendo el culo, cintura hamaca, vení. Él se mete en una casilla del baño, para mear, se baja el cierre. Yo voy a meterme en el mismo casillero. Pero después le digo, en voz alta, bien clara, mejor no. Y meo en mi propio casillero. Tres días después, en el chat, desde cualquier lugar dice: No, si te me ponés así en el baño, estilo garchando, no te me vas a escapar. Me gusta ese “estilo garchando”, lo subrayo, me lo traigo.

Los besos empiezan en besos, en lengua, pero si me empiezo a reír adentro de tu boca, te reís conmigo, me decís qué te pasa boludo, pero me volvés a besar. Y después te frenás, me obligás a mirarte a los ojos y me decís “si esto es un garche and go avisame con tiempo”. Y yo te vuelvo a besar y me río, adentro de tu boca. Y esta vez me besás sin preguntar nada, sin preguntar qué te pasa boludo. Y el beso termina en la vereda, con ese enchastre de luz de madrugada mezclada con el neón. Te tenés que ir a tu casa, en colectivo, dos horas, con tus amigos. Vamos a tener que esperar pero dudás. Te reís. Volvés. Mirá cómo volvés.

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