Globos (recuperado)

Escribí este texto para un blog que ya no existe: Kaputt. Lo repongo acá, ya que lo descubrí buscando por ahí.

{24 de noviembre de 2005, Buenos Aires}

Hace más de dos semanas que cumplí 35 años y todavía los globos están ahí. Ayer explotó uno a las 5.47 AM. Lo sé porque abrí los ojos y vi los dígitos en el radio reloj. Pensé “explotó uno de los globos que está colgado de la lámpara del living, debería sacarlos de una vez, no porque exploten a las 5 de la mañana, sino porque bloquean la luz de la lámpara y se ve todo medio anaranjado”, y me volví a dormir. Hoy me levanté y los descolgué, pero cuando los vi amontonados al costado del futón no supe que hacer. ¿Qué se hace con 40 globos inflados cuando uno vive en el quinto piso de un edificio de departamentos? ¿Se los revienta de a uno y se los tira a la basura? Los vecinos no van a apreciar las 40 detonaciones. ¿Organizo una espontánea suelta de globos y los dejo caer sobre los transeúntes desprevenidos que caminan por Bulnes? ¿Me paro a la salida del Megatlón Alto Palermo e invento la campaña “un beso por un globo” para los patovicas y aeróbicos que salen transpirando feromonas? ¿Los meto así inflados como están en 5 o 6 bolsas de consorcio y dejo que los cartoneros decidan el destino de tanto aire encapsulado? ¿O espero a que los cartoneros se vayan y bajo las bolsas después, cuando pasen los basureros, y me siento en el balcón a esperar el big bang de 40 globos estallando dentro del camión compactador?

También hay chupetines por todas partes. Compré 100 y al final usamos solamente 40 para las bolsitas con cotillón y golosinas. Por eso hay chupetines sobre la mesa ratona, en el estantecito del botiquín del baño, sobre los parlantes de la computadora, sobre el televisor y sobre la mesita de luz. A los sánguches de miga no me animé a congelarlos. Los dejé sobre la mesada: me encanta observar como se les van levantando los bordes a medida que avanzan los días, parecen caracoles de miga, enroscados sobre sí mismos y apilados unos encimas de otros, sobre la bandejita de cartón, en perpetua orgía. Lo que sí congelé fue un pedazo de torta, un paralelepípedo negro relleno de frutillas, duraznos y dulce de leche. Ayer lo puse sobre la mesada y lo observé: parece un ladrillo de bordes irregulares rescatado de las ruinas de una ciudad bíblica sepultada por la lava chantillí.

No sé muy bien por qué mi cumpleaños 35 desencadenó estas manías arqueológicas, este frenesí momificador, esta negativa a arrojar todos estos souvenirs al incinerador o al fuego. Es solamente con los números redondos que tengo sufro estas hecatombes. Es solamente con los números redondos que baldeo la vereda, que mando a la tintorería las cortinas y que cambio las lamparitas de los faroles de mi vida; el resto del tiempo paso el plumero, ilumino con velitas de té los rincones oscuros y prendo sahumerios para esconder los malos olores. Sin embargo mi cumpleaños número 30 fue muy distinto a éste, quizás su contracara: fue un cumpleaños de levar anclas, de irse, de salirse, de en caso de emergencia utilice el martillo, rompa la ventanilla y a la una, a las dos y a las tres, al agua pato que se hunde el barco. Cumplí 30 en San Francisco, recostado sobre un colchón inflable que se desinflaba y me forzaba a inflarlo otra vez cada dos horas, mirando el techo de una habitación de 2 por 2 sin ventanas que había alquilado con mis últimos ahorros. Me había ido al Valle del Silicón para hacerme rico, porque en el 2000 todos se iban al oeste soleado y hi-tech, y algunos de todos esos se hacían ricos en un año y medio y vivían después una vida de descapotables, jacuzzis y wine tasting. Yo tuve mala suerte, y encima llegué tarde.

El servicio de inmigración yanqui perdió mis papeles y tardó 3 meses en reconocerlo y 2 meses más en hacer algo al respecto. Durante esos 5 meses estuve impedido de trabajar y de salir del país (alguien debería explicarles que la conjunción de estas dos restricciones es la forma más efectiva de impulsar a un extranjero al trabajo ilegal). Eso en cuanto a “mala suerte”. Ahora el “llegué tarde”: en esos 5 meses el sueño dorado californiano se convirtió en una pesadilla color castaño oscuro: la burbuja puntocom implotó y el agujero negro se empezó a tragar todo. Todo, incluyendo mis posibilidades de conseguir trabajo. Encima el mercado inmobiliario seguía empujado por la inercia de la burbuja y era imposible encontrar departamentos para alquilar. En esos 5 meses viví en 6 lugares distintos, incluyendo un ático, dos sótanos y un garage. Así fue como terminé mirando la lamparita cubierta de telas de araña desde el colchón que se desinflaba. Y así cumplí 30 años.

5 años después duermo sobre un colchón que no se desinfla. Podría ser el final lacrimógeno de una película como la vida misma, cuando la vida misma premia a los que perseveran y triunfan: si Travolta fue el chico de la burbuja de plástico, yo podría ser el chico del colchón inflable, en los mejores cines. Pero no: yo no perseveré, me cansé. No volví a la Argentina a luchar, sino a vivir, y las dos cosas, a veces, no son lo mismo. Mi cálculo fue: si me quedo 3 años más en USA y termino mi doctorado, voy a tener que quedarme 10 años más para juntar plata y justificar el esfuerzo y la tortura de estudiar tantos años. ¿Quiero vivir mis treintas en USA y volver con mis cuarentaypicos a Argentina? No, no quiero, me vuelvo a Argentina ya mismo. A la una, a las dos y a las tres, al agua pato otra vez, y acá estoy. No tengo mucha fe patriota, pero la Argentina no se está yendo a pique. Y si se va a pique, y si se va al fondo del mar, habrá que dejarse crecer branquias y nadar como Patrick Duffy (para algo me pasé todo un verano allá por los años 80 nadando como el hombre de la Atlántida).

Estos 5 años, los que van del colchón de San Francisco al sommier con nubecitas blancas sobre fondo celeste de Buenos Aires son, sobre todo, los años en los que busqué un lugar mío. En inglés: a place to call my own. Un lugar para nombrar como propio, o algo así. Busqué ese lugar en New Jersey y San Francisco. También un lugar propio (no un lugar geográfico, sino un lugar social) dentro de la “comunidad gay” de Nueva York y San Francisco. No los encontré. Lo que descubrí fueron algunos rincones calentitos en algunos áticos y garages (un colchón para nombrar como propio) y algunos amigos entrañables (la comunidad es eso). No encontré nada más. Y no me alcanza.

Y ahora estoy acá, con 35 años recién cumplidos y hamacándome entre mi escepticismo (no hay comunidad ni casa, varón, hacé la de kung fú: caminata por el bosque y la soledad de la flauta de caña) y mis ganas de jugar al rasti de nuevo (buscar un compañero, una comunidad y una lucha).

Supongo que ésa es la pulseada que se está definiendo. Y quizás el ladrillo de chocolate en el freezer, los chupetines reflejándose en el espejo del botiquín y los sánguches caracol tengan algo que ver, sean símbolos o catalizadores, herramientas o balizas.

Hoy me desperté de repente a las 5.47 AM. No había explotado ningún globo.

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