Totalmente desnudo, parte 2

Metiendo la cuchara en la sopa oscura de la memoria saco esto. Creo que fue por culpa del Follow me, ese curso de inglés en fascículos que compró mi viejo. Así descubrí, allá por 1985, que tenía facilidad para el inglés. Pasé rápido por encima del This is a pencil, Hello, how are you y todo eso y me aburrí, y así decidí anotarme en una academia. Me hicieron un examen de nivel y me metieron en tercer año adulto y ahí estaba yo, alumno cumplidor, con el cuadernito Arte y la lapicera nueva. Éramos 9 alumnos, 7 chicas y 2 chicos. Las chicas eran todas buenas alumnas, como yo, tomaban nota, tenían cartuchera, subrayaban el libro con lápiz y borraban con la goma blanca, la de lápiz. El otro pibe, que se llamaba Damián, tenía casi mi misma edad y subrayaba el libro nuevo con birome y pedía siempre una hoja, porque no llevaba carpeta ni cuaderno. Era petiso, de pelo negro, y con los agujeros de la nariz demasiado grandes.

Las primeras clases me preocupé por destacarme y lo logré. Enseguida pasé a ser la estrella de la clase, el que siempre leía la lesson y el que primero terminaba con los ejercicios del reading comprehension. Damián empezó a sentarse al lado mío, un poco por solidaridad de género y otro poco porque aprovechaba para copiarse de mi homework, a toda velocidad, 5 minutos antes de que empezara la clase.

Un día la teacher anunció que el instituto había comprado una videocasetera y que veríamos la lesson en un televisor para luego discutirla. Esto era toda una novedad tecnológica, aunque yo ya había visto algunos videos porno en la casa de unos compañeros de colegio. La teacher metió el casete, miramos a una secretary muy efficient hablando pelotudeces en la pantalla y luego discutimos la lesson. Cuando llegó el momento de seguir y la teacher apretó play, el casete se eyectó de la máquina. Damián le dijo a la teacher que diera vuelta el casete, que la cinta seguía. Así funcionaban los casetes de audio, y la teacher, ingenua, forcejeó con el casete en la ranura hasta que lo rompió. Damián pidió perdón, dijo que no sabía que los videocasetes no tenían dos lados, pero yo no le creí.

Ese día salimos juntos de la clase y me confesó que lo había hecho a propósito. Cruzamos al kiosco de enfrente. El tipo que atendía el kiosco lo conocía, y estuvieron un rato hablando de motos y de cosas que no me interesaban. Después, riéndose, el kiosquero le pidió a Damián que muestre “el llavero”. Damián se levantó un poco la remera, se desabrochó el cinturón, se bajó el cierre y sacó la pija. Una pija gruesa, larga, la más grande que yo había visto, aunque ya había visto varias películas porno. El kiosquero aplaudió mientras se reía y decía “¡Qué hijo de puta!”.

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