Pasto
Está todo mezclado y es domingo, postales como cubitos de hielo apilados en el vaso alto de un gin tonic, contra las luces estroboscópicas del boliche, como cortes en fetas de una fruta, porque así va a quedar marcado en mi memoria. El reguetón y las luna entre las ramas de Parque Las Heras mientras espero que J. vuelva de su emergencia. Un fusible quemado, dice, y me tira el fusible quemado en el pecho. Más allá dos pibes se trepan uno encima del otro, acrobacias homoeróticas, humo de porro que circula en la tarde, son las 5, mate y facturas, son las 6 y J. dice Yo creo que vivimos encerrados en nuestras percepciones, percibimos ondas, como una soga que alguien sacude pero para notar esa perturbación tenemos que estar en la misma escala, si la soga tiene varios miles de kilómetros no percibimos esa pequeña sacudida y así estamos desconectados, jugando al Don Pirulero y se pierde el todo y se encuentra el yo y ahí estamos cagados. Pasame el vigilante con crema pastelera y dulce de leche, le digo. Se hacen las 7, y sigue el viento a porro, porque hay que festejar la despenalización. Está llena la plaza de jóvenes que se trepan unos encimas de otros, de cotorras peleando por migas de pan en las ramas de los árboles. ¿Por qué hablan las cotorras, para qué?, le pregunto a J. Es como un ladrido, dice. No, un ladrido es para ahuyentar, para defenderse, pero el lenguaje no, el lenguaje es siempre un riesgo, aunque sea Perico Pepe quiere la papa, siempre está la posibilidad de… Más tarde volvemos a casa, y J. vuelve a proveer. De la heladera saca carne congelada, salsa bolognesa, unas papas que no sabía que tenía y arma una cena, una alquimia, transmutación. Y miramos en televisión a un tipo tirando una cuerda metálica de una torre gemela a otra, avanzando con sus zapatillas de baile sobre la soga, entre el viento y la humedad y la historia. Hay que ejercer la rebelión, dice. Hay que vivir en la cuerda floja. Pero, dice J., ayer, en el teléfono, me quedé angustiado ese día, hace dos semanas, cuando pasamos el fin de semana juntos. ¿Te das cuenta que todos los cuentos que me leíste tienen como trasfondo la muerte y tratan sobre personas que se dan cuenta que vivieron un amor falso? Me excuso: así es la narrativa del siglo 20, digo, yo no tengo la culpa. Es el gran tema de la literatura, la destrucción, la inminencia de esa destrucción, ese filo, esa cuerda floja entre dos torres gemelas, esa cotorra colgada de una rama, esa luna creciente o menguante, esos dos pibes trepados uno arriba del otro, presos de la ley de gravedad, la ley de la carne y el enchastre, el caos y el quitamanchas, la ortografía de la pareja y el liquid paper. Tirado boca arriba en Parque Las Heras otra vez, y un mensaje de texto de mi vieja. ¿Todo bien? Sí, todo bien, pero no, después en casa la voz devastada de mi vieja en el contestador. La llamo: está por cumplir 60 años, tuvo una bronquitis que la dejó una semana de cama y yo ni me enteré. Distraído con cotorras, cuerdas flojas, la ley del error y el liquid paper, la luna entre las ramas de un cielo irradiado por las luces de avenida Las Heras donde ya no hay estrellas, sino apenas un avión subiendo desde aeroparque. Mi vieja en el teléfono: 60 años, Christian, es importante, dice. Voy a estar, mamá, digo. Suenan las campanas en el medio de la tarde entre las facturas y el mate en Parque Las Heras otra vez. La gente está caliente, le digo a J. Llegó la primavera, el calor ahora está en la sangre, la gente gira para mirar en los semáforos. Y en la página un ciego y un tipo dibujan juntos una catedral, con los ojos cerrados, para estar más cerca del cielo. En el cielo, un tipo camina sobre la cuerda floja, para estar más cerca del cielo. En la cama cojemos, pero eso se borronea como una mancha de semen o sudor en la sábana, eso nos borronea, queda un olor pringoso, brotando del colchón, que más tarde se mezcla con el olor a carne rellena descongelada, con las papas a la española, con el olor a perro y a porro de Parque Las Heras. ¿Qué es lo que se puede encerrar en un abrazo? ¿Qué es lo que se puede tragar en una cucharada? ¿Cómo se ajusta la dosis? Una intoxicación y una interferencia, un tipo en calzones subiendo al techo para mover la antena, y desde abajo yo acomodo el horizontal para que las imágenes paren de dar vueltas, se fijen. J. en el teléfono: el único chino que conozco es el del supermercado, que me manosea, dice. Explicame, digo. Voy a comprar y me ve así musculoso y me toca los brazos y me habla en chino, y me pide en chino, aunque no le entiendo que trabe los bíceps. ¿Qué más te toca?, pregunto. El pecho también, todos los días, no hay un solo día que pueda comprar algo tranquilo, siempre me habla en chino y me hace trabar los bíceps. Capaz tendría que aprender del chino, seguir hablando, que cada vez se me entienda menos, tocar más. Otra vez en Parque Las Heras, le dijo a J., antes de que mi vieja mande un mensaje de texto, antes de volver a casa y enterarme en el contestador de que está por cumplir 60 años, de que eso se me atraviese como un escarbadientes atravesando una aceituna. Yo digo: ayer vi en un documental que el universo está optimizado para generar agujeros negros, que somos un subproducto, un residuo. O sea, que un universo optimizado para generar agujeros negros nos va a terminar generando a nosotros acá, en esta tarde, 5 de la tarde, este súbito veranito también, en el declive de pasto que baja hacia la avenida, rodeados de este humo de porro, mordiendo estas facturas del Delicity, chupando este mate Nobleza Gaucha, bajo estas ramas en el que las cotorras se pelean por esas migas, y debajo de mis bermudas todavía el sudor y el semen, y debajo de tu enterito el sudor y el semen. Y una chica que nos pide un cigarrillo. ¿Es eso un símbolo? Más allá un perro salta para atrapar el tronquito en el aire. ¿Es eso un símbolo? Y a unos metros un tipo revolea pelotitas en el aire, otro da vueltas carnero en el pasto, otro gira en el aire, otro atraviesa el aire sostenido por una soga. J. me pregunta si la luna está creciendo o menguando. Después dice: el lado oscuro de la luna, en inglés, mal pronunciado. Antes había dicho: yo creo que no soy muy visual, sino más del olor, del gusto. ¿O sea que lamés y olés a alguien antes de verlo? Digo cosas obvias, pero es domingo, así que todo suena trascendental. La vista es el órgano que nos da más información a distancia, digo, por eso lo usamos tanto. Estamos asustados, queremos saber qué nos ataca lo antes posible. Después J. dice: todo lo que la humanidad logró es porque somos sociales, a nuestro pesar. Le digo que no, que nos hamacamos entre el impulso al capullo, a recogernos, a hacernos un bollito, un niño envuelto y el perdernos en la multitud, en fundirnos en el masacote que nos hace levar. Estoy tratando de aprender todo esto que no sé, pienso. Sólo puedo dibujar esto a mano alzada, con el trazo nervioso de la primera vez, en papel grueso. ¿Estás enamorado de mí?, pregunté en el teléfono. Después me arrepentí. Dije, aseguré: Vos no estás enamorado de mí. Después me arrepentí otra vez. Dije: Perdón, no tendría que haber preguntado eso. Y mirando al costado de la pc, ahora, veo mis zapatos viejos y los nuevos. Me acabo de dar cuenta: me compré otra vez los mismos zapatos. Volví a elegir lo viejo y lo nuevo al mismo tiempo. Tengo que estar, pienso. Me refiero a mi vieja, a que cumple 60, tengo que estar ahí. Me dan ganas de llorar. El tiempo perdido y recuperado. Acá al lado también, porque de pronto estoy mirando todo y veo símbolos, acá al lado de la pc, un vasito de plástico con pilas, lleno de pilas, y no sé cuáles están gastadas y cuáles son nuevas. Un reloj que no funciona, porque no tiene pilas. Un tiempo que no circula porque no hay tictac del reloj. Un micrófono desconectado porque no tengo más para decir. Tirados otra vez a la tarden el pasto de Parque Las Heras, J. preguntó: ¿cómo se llaman esas torres allá? No sé, dije. En el cuento de Carver, el ciego preguntaba: ¿para qué sirve una catedral, para que sirve levantarse hasta el cielo, para que sirve si no hay gente? No lo sé. Pero yo trago la factura, la crema pastelera y el dulce de leche, chupo la bombilla del mate y voy a recostarme encima de J., que está tirado sobre la manta en el pasto. Le meto la lengua en boca pero mi frente choca contra la visera de la gorra. El humo del porro. Los bocinazos de la avenida. Los árboles, las cotorras, la luna allá arriba, lado oscuro menguante. Y acá abajo dos cuerpos horizontales, aplastados, enfrentados, la lengua y la lengua, la pija y la pija, ayer, hace un rato, dentro de un rato, los ojos contra los ojos, cada vez más cerca del suelo.
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