Cuba libre, un viaje, 7

Segunda jornada en Cayo Coco

Al otro día Ariel me convence de que haga sobrevuelo. Él ya hizo en Varadero, pero yo no me animé. No me entusiasma mucho la idea de montarme en esa especie de aladelta con motorcito de lavarropa, subir 150 metros y planear varios minutos hasta acuatizar deslizándome hasta la orilla. Pero el color del agua me convence: es ese verde-azul mullidito, como una felpa. Ariel insiste: es más barato acá que en Varadero, acá sale 25 dólares, allá salía 40. Okay, acepto.

Me acerco al tipo encargado del avioncito. Ariel bromea:

– ¿Hay algúna restricción en cuanto a peso?
– Tarado mental – digo.
– No, el muchacho está muy bien – dice el tipo.
– Pero mire que pesadito eh, mucho frijol, mucho frijol – insiste Ariel, sin darse cuenta que le habla al tipo como si fuera el chino del mercadito.
– Si viera la gente que hemos subido a ésa máquina…

Intervengo:

– Peso 98 kilos.
– Está bien, usted clasifica.

¿”Clasifico”? ¿En qué campeonato? O mejor dicho: ¿en qué subasta? El tipo nota mi gesto de incomodidad.

– Pero usted no es gordo, usted es envuelto.

Niño envuelto. Pionono. Envolvelo bien. FRAGIL. Con nylon de burbujitas de aire. This side up.

Me acomodan en el avioncito, sentado, atrás tengo el motorcito del lavarropas y la hélice.

– Mantenga los brazos pegados al cuerpo, si los abre la hélice se los puede cortar. Abra las rodillas.

Entre las piernas se acomoda el tipo que maneja el aladelta con una especie de triángulo de hierro. Me ajustan el cinturón y arranca el motor. La vibración del motor, la piel caliente del tipo entre los muslos: qué ganas de coger, qué ganas de vivir.

El avioncito acelera deslizándose por la superficie del mar, las olas golpean en contra, respiro hondo y despegamos.

El mar se repite en franjas verdes y azules, cuando subimos también, giramos y avanzamos un poco sobre la isla. Viento, el ruido del motor, el tipo maniobrando con el triángulo y señalándome los distintos hoteles. Sería mejor que se calle. Tampoco me interesa el paisaje, solamente quiero flotar. Pasan unos pocos minutos y el tipo apaga el motor. El sonido del viento ocupa el lugar del sonido del motor y bajamos en espiral. Para aterrizar cerca de la playa se mete un poco hacia la isla y ahí si me da miedo, porque pasamos muy cerca de las copas de las palmeras antes de tocar la espuma.

* * *

Busco un lugar a la sombra en la playa, pero todas las reposeras están ocupadas. Veo a un viejo y una vieja que se levantan y agarran sus bolsos.

– ¿Se van? – les pregunto.
– Yes – dicen, al unísono y hacen señas de que puedo usar el lugar.

Les pregunto de dónde son, en inglés. England. ¿Les gusta Cuba? Yes, la playa es linda, dice el viejo, pero el hotel está descuidado, dice la vieja. Así, acomodando los bolsos gigantes y plegando las reposeras parecen salidos de Secretos y mentiras. ¿Han estado en algún otro lugar del Caribe? Yes, dice ella, con un gesto de “of course”. Dominican Republic, Mexico, dice el viejo. ¿Cuál les gustó más? Parezco un formulario de satisfacción al cliente. Oh Mexico, dice ella, citando involuntariamente a James Taylor. Im not coming back to Cuba, dice ella. Im coming back for the señoritas, dice él.

* * *

En la playa hay un viejo de unos 60 años con un pibe de unos… ¿20? Imposible saber. El pendejo tiene pectorales marcados, y una mallita ajustada con un bulto gigante. Ariel dice que son viejo caritativo – taxi boy. Yo digo que son padre tardío – hijo mogo.

En el barrio había un pibe así, mogo y con una pija gigante, le decíamos “El mono”. Al principio pensé que la madre le compraba los pantalones del colegio muy ajustados y siempre se le metían en la raya del culo y le hacían montaña adelante, pero no, una vez la sacó y la tenía gigante (yo no lo vi, me contaron los otros pibes que le daban revistas porno para verlo cómo se pajeaba). Después fue desapareciendo, porque la madre no lo dejaba salir mucho a la calle. Él se escapaba igual pero enseguida se escuchaba el llamado infernal “Martííííín” con una i infinita, diabólica, que te perforaba el cerebro. Yo creo que la madre lo volvió mogo de gritarle tantas í alargadas. Yo creo que ese chico no sería mogo hoy si se hubiera llamado, no sé, Alfredo. Yo creo que la madre no quiso entregar al hijo al mundo con esa pija tan grande, lo quiso sólo para ella, tótem y tabú.

Ese día me cruzo al viejo y al mogo por todos lados: en la pileta, en la playa, jugando al bingo en el lobby. Los miro, y se comunican con un código propio, más gestual que verbal, un don pirulero íntimo.

* * *

A la tardecita me junto con Ariel en el costado de la pileta, cerca del escenario al aire libre. Tomamos unos daikiris. Hay varios puestitos: en uno te dan copos de azúcar, en el otro te venden souvenirs y al costado hay un viejo con un chivo. El chivo es chiquito, enano, como de juguete. Por unos pesos los nenes pueden dar una vuelta en chivo o sacarse una foto. Aunque todos se acercan a acariciar al chivo y a preguntar qué animal es (¿es un carnero, una cabra o un chivo?), nadie paga por el paseíto o la foto.

El chivito tiene unas pantallas en los ojos para que no mire a los costados, está atado de una manera que no puede moverse ni un metro, y tiene que estirar el cogote para morder unos pocos pastitos del cantero. El viejo que lo cuida tiene una vara en la mano y cuando el chivito tira mucho de la cuerda lo golpea con la vara.

Tengo ganas de llorar. Voy por el quinto daikiri. Qué horrible esto, le digo a Ariel, señalándole el chivito. Sí, de muy mal gusto, ¿no se dan cuenta que es horrible y que le hace mal a la imagen del hotel?, dice Ariel. Y la de la humanidad, digo.

* * *

A la noche hay un show musical y después un concurso. Un animador hace subir a 4 participantes al escenario. Por supuesto, el padre del mogo se ofrece y sube. La competencia consiste en recitar el menú del restaurant chino del hotel en distintos formatos. El primero tiene que cantarlo como si fuera Pavarotti cantando ópera, el segundo como si fuera un relator deportivo, el tercero como si fuera un cantante melódico, y el viejo como si fuera Eminem. El viejo no sabe quién es Eminem. El hijo mogo aplaude entusiasmado desde la platea: ¡un desafío para papá! Le ponen un pedacito de una canción de Eminem, y el viejo se pone a rapear mientras baila una especie de malambo en el escenario. Lo ovacionan. Gana él y le dan una botella de ron. Le dan el micrófono y él pide que le den una semana más de estadía en el hotel. Le dicen que no pueden, pero que puede elegir una mulata del cuerpo de baile estable. “Estoy felizmente casado y soy fiel”, dice. Otra ovación.

* * *

Termina el show y la gente se dispersa. Cuando estoy volviendo para la habitación veo al chivo solo, sin el viejo que lo cuida, atado en el mismo poste de siempre. Frente a él está el mogo en cuclillas, mirándolo fijamente a los ojos. Ninguno de los dos se mueven, parecen los dos parte de una estatua. Sigo caminando hasta la habitación y antes de girar en un recodo miro otra vez, siguen ahí, inmóviles, frente a frente, con los ojos negros en la oscuridad.

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