Historia
Hablemos de mi historia sexual que es un tema espeluznante.
Sí, espeluznante porque empieza llena de clichés, sigue con una condena por un crimen que no cometí, con una comedia de teléfonos descompuestos, con desbordes (pero no de la carne volcándose en otra carne) y desemboca andá a saber en qué estuario.
Empecemos entonces con los clichés, el resto queda para otro día. Jardín de infantes: prolongadas estadías en el sector de la mamá, poco interés en el rincón de bloques. En el cuaderno de conducta los siguientes reportes: “cumple con las consignas con celeridad y esmero”, “colma de atenciones a sus compañeras, especialmente a Delfina Valmi” (ese nombre debía sonarme sofisticado, ella definitivamente lo era: yo envidiaba su vincha, su cartuchera con ruedita de caja fuerte con clave, inviolable, y su pelo platinado) y “suele recurrir al llanto cuando se siente contrariado (especialmente cuando sus compañeritos le señalan con sorna su erre afrancesada)”.
Ya en el primario tuve un breve affaire con el fútbol: primero me mandaron al arco y me gustó. Siempre me gustó esquivar cosas, debo tener algún síndrome de San Sebastián pero invertido. Si el mártir se consagra al atravesarse el torso con flechas, yo fantaseaba con enfrentar proyectiles y esquivarlos a último momento. Lamentablemente mi morbo es lo contrario a lo que se considera una exitosa estrategia como arquero: me ofrecieron el retiro voluntario, acepté. Por lástima o porque no había suficientes jugadores me ofrecieron un par de veces volver a jugar. Aduje lesiones cada vez más sofisticadas pero me ofrecí siempre como ávido espectador, alcanza pelotas y groupie. Abandonados los deportes de contacto físico me dediqué a los de destreza y estrategia (rayuela, elástico y payana).
Siguen los clichés: en la tele empecé a mirar con visión de rayos X el bulto de Adam West en Batman. No sabía todavía que buscaba, respondía a una llamada, que precisamente por ser misteriosa, era todavía más fuerte. Como un navegante que se lanza al mar porque navegar es preciso. La cartografía de lo que se descubrirá no importa, y no es solo que no importa, sino que representa el fracaso del viaje, porque lo finaliza.
Del bulto de Adam West pasé a Michael Landon en el granero de los Ingalls, sudado, lampiño, entre montañas de heno. Y de ahí al profesor de gimnasia del colegio, el profesor Danilo: si Adam West tenía un bulto 2D, plano como un ícono en un vitral, el bulto de Danilo había descubierto la perspectiva, era un bulto renacentista, con líneas de fuga, sombras y pliegues. Había descubierto América, para bien o para mal, y ahora sí quería explorar, cartografiar, avanzar.
(Me voy a arriesgar con algo medio delirante acá, síganme los buenos. Quizás la sexualidad – y por qué no, otros imperaciones, por decirlo con una palabra nueva – vaya evolucionando en un niño como la pintura en la historia de la pintura. Primero una sexualidad 2D, por llamarlo de alguna manera, donde las atracciones son planas, icónicas, se miran de frente y hay una raya en el piso que separa el allá del acá. Uno las mira desde lejos y disfruta con ese acceso vedado, no hay por donde entrar a un mundo de dos dimensiones. Cuando las atracciones se vuelven 3D, cuando las líneas se vuelven costados, cuando aparece lo cóncavo y lo convexo, la profundidad, hay una entrada posible, y por lo tanto una estrategia. Fin del delirio.)
En las veredas, en la fábrica de azufre destruida, en los campitos en los que armábamos fogatas (en las que hacíamos detonar aerosoles) y en los baldíos en los que jugábamos al fútbol o a la guerra, vivíamos. Un día me quisieron raspar la hoja de un yuyo por la frente. Vas a ver, te salen 7 colores. Me defendió Benito, dijo que el que me tocaba se metía con él, Benito era el mayor y se había probado en Boca. Me dejaron en paz y se la agarraron con otro, con otros. El tuerto de la otra cuadra o el Mono, que era medio mogo. Te agarraban entre varios, te tiraban al piso y te apretaban el pito: “¡chiflá! ¡chiflá!”, y no te soltaban hasta que, entre risas atragantadas lograbas poner los labios en o y chiflar. Yo tenía terror de que me hicieran chiflar, porque ya se me había empezado a parar y la idea de 5 tipos sujetándome contra el piso y tocándome me hacía poner al palo. ¿Cuáles serían las consecuencias si descubrían que se me paraba cuando debería simplemente responder chiflando a la humillación y la tortura? Pero mis temores eran infundados, el ataque vino por otro lado. Un día, en el campito, después del fútbol, Janito y Pichi, me “cogieron”, los dos al mismo tiempo. Las comillas son pertinentes, se trató más bien de una representación, puro teatro. Nadie se sacó la ropa, Janito se puso atrás y se me refregó, al mismo tiempo, Pichi se me puso adelante y se me refregó. Un ratito. Yo me había resistido (sin demasiada convicción), pero cuando de los hechos pasaron a las palabras (y salieron los dos hacia la esquina a contarle a los demás que me habían “cogido” “por adelante y por atrás”) me desesperé y me puse a llorar. La maestra de jardín hubiera escrito en mi cuaderno de conducta que “suele recurrir al llanto cuando se siente contrariado (o doblemente penetrado)”. Recurrí al llanto y fui corriendo a casa. Cuando mi mamá me preguntó qué me había pasado, le dije que me habían cogido por adelante y por atrás. Mi mamá, al sentirse contrariada, recurrió al escándalo, y todo es un borrón, pero nunca más se mencionó el tema, nunca escuché ni siquiera un comentario o una risita socarrona. Decidí ser más precavido la próxima vez y huir ante la menor insinuación de problemas (poco tiempo después, creo, aunque nunca lo supe del todo, otra bandita de pibes del barrio se cogieron a otro pibe, y esta vez con menos comillas que a mí).
En el colegio se desató la fiebre por la mancha, luego por la mancha venenosa y, después se abandonó la metáfora y se paso al puro manoseo del culo. Era ya sexto grado, o quizás séptimo y algunos de mis compañeros pedían ir al baño con intervalos de pocos minutos para ir a tocarse (“yo te pajeo a vos si vos me pajeás a mí”). Es la solidaridad que surje en los momentos de catástrofe, y todos nos reconocíamos solos en el epicentro de nuestras tormentas perfectas de leche.
Se terminaba séptimo grado y una parte fundamental de mi vida. Pronto vendría la condena, el ostracismo y los piedrazos, pero eso, claro, todavía no lo sabía. Y no tengo ganas de contarlo ahora, ya se hizo tarde, en todo sentido.
Así que cuento como terminó séptimo grado para mí: con lo de la fiesta de gimnasia. No sé por qué ese año estaba particularmente gimnástico. Bueno, sí lo sé, Danilo, el profesor cuyo bulto pintado y multiplicado en mosaico merecería decorar alguna cúpula de una iglesia, era el profesor que me correjía la balanza, el rol adelante, el rol hacia atrás. Su mano peluda en la base de la espalda. Solía tomarme como ejemplo para demostrarle a los demás como se hacía. Balanza y luego vertical, Christian, decía. Yo intentaba con timidez. No, tenés que dejar caer el cuerpo, el impulso te lleva solo, decía. Me dejaba caer, el impulso me llevaba solo. La balanza. Ahí está, la balanza, el impulso, la caída, todo bien, pero no te asustés que yo estoy para sostenerte, decía. Me dejaba caer, caía, el impulso, me levantaba, él me sostenía, él estaba. Sus manos me tomaban de los muslos, una leve presión. Ves, así, decía. Ven todos, así, decía. Juntá las piernas ahora, relajá las pantorrillas. Yo ya no te tengo, estás vos solo, yo estoy acá pero no te estoy sosteniendo. ¿Ven todos? El está para sostenerme, pero yo estoy solo. La sangre bajándome hacia la cabeza, mis compañeros al revés, los antebrazos que me tiemblan, el dedo meñique que me queda plegado y blanco.
Y él número para la fiesta de gimnasia era largo y complicado, mucha sincronización, mucha cinta, pero el final era mío: yo tomaba carrera, la música subía, yo corría, picaba en la tabla y saltaba por encima del cajón (en su máxima altura, con las 6 partes apiladas). Del otro lado 12 de mis compañeros, 6 de un lado y 6 del otro, esperaban para hacerme de red de trapecista con los brazos entrelazados. Así salté por encima del cajón, volé, yo, solo, y caí en los brazos de mis compañeros.
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