El cuerpo humano

[1983]

Voy a Merlo dos veces por mes, a visitar a mi viejos y a mis hermanos. Mis viejos viven en la misma casa en la que nací y viví hasta los 28 años, cuando me fui a Estados Unidos. Aprovecho esas visitas para hacer una mudanza hormiga de los libros que todavía quedaron allá. Ya casi no quedan libros por mudar, así que la última vez que fui estuve revisando la biblioteca buscando las últimas migas. En el estante de libros de mi viejo (Osho, novelas abreviadas del Reader Digest, etc) encontré los 12 tomos de El árbol de la sabiduría, una enciclopedia que mi viejo compró en fascículos y luego mandó a encuadernar, allá por principios de los 80. Era la época en la que los kioscos de revistas desbordaban de fascículos y mi viejo aprovechó para saldar su deuda con la cultura (y con su frustración, ya que mi abuelo lo sacó del colegio a los 15 años para que trabajara con él en la panadería). En mi casa no había bibliotecas, ni siquiera estantes, así que los roperos fueron llenándose de libros encuadernados: Atlas Mundial, Historia universal en historieta, Enciclopedias de Plantas y Jardines, de Cocina, Historia de la literatura universal, Historia del Pensamiento, Inglés en casetes, Alemán. Lo único que yo le pedí que me compraran fue Érase una vez el hombre, pero no me lo compraron.

Yo estaba a punto de cumplir 13 años y estaba en séptimo. En el colegio los varones y las mujeres se habían separado, aunque no de común acuerdo. Los varones unilateralmente, habíamos decidido que las mujeres eran aburridas y de armar lío por nada. Cualquiera que se acercara al grupo de las chicas era tildado de pollerita. Ellas no entendían la nueva política, estaban sorprendidas y molestas, y se volvieron unas contra otras, estallaron las peleas intestinas: agarradas de pelos y de uñas, rumores de que esta o aquella tenía piojos, pelotazos arriba de la cintura (y a veces a la cara) durante el delegado, sustracción o destrucción de joya escolar del adversario (la Parker, la cartuchera con ruedita de caja fuerte, la lapicera con reloj).

Mientras el ala femenina caía en un proceso de libanización, el ala masculina redefinía sus códigos de pertenencia y sus prácticas de cohesión. En el recreo nos íbamos detrás de los ligustros a jugar a lo que al principio fue “la mancha”, después pasó a ser “la mancha venenosa” y luego entró, implícitamente pero con el consentimiento de todos, en una mancha exclusivamente anal. Esta progresión requiere una explicación más detallada.

Algunos ya estábamos entrando a la pubertad: los primeros pelos en la ingle, la manchita pegajosa en el slip al despertar, la transpiración en los sobacos. En el plano conceptual el ingreso en la adolescencia lo marca la aparición de la palabra coger y los distintos paradigmas que luchaban por explicar dicho mecanismo (los hombres le meten la pija a. en el culo b. en el ombligo c. en la boca a las mujeres), su función (dejarlas embarazadas) y sus consecuencias (el bebé sale a los 9 meses de a. el culo b. el ombligo c. la concha, que es por donde mean). Ahora lo sé: si ignorábamos a las chicas del grado era porque nos negábamos a pasar al empirismo que postula Popper, necesitábamos primero una predigestión, una sedimentación Kuhniana que solidificara el paradigma actual antes de descartarlo. Necesitábamos primero del pensamiento mágico y del ritual vacío.

Y así empezamos con el sexo extraterrestre. Era así: A seleccionaba un compañero desprevenido, que llamaremos B. A le apoyaba la mano en el hombro al compañero B y ejercía una leve presión. Al mismo tiempo A preguntaba: “¿sabés cómo cogen los extraterrestres?”. B, que desconocía seguramente los mecanismos de apareamiento de su propio planeta y estaba por lo tanto en condiciones pésimas para arriesgar hipótesis respecto a otras civilizaciones, respondía que no. A lo que A respondía dirigiendo la mirada a la mano apoyada sobre el hombro de B, sin decir nada, dando a entender que tal cópula estaba ocurriendo en ese mismo momento, con A como compulante y B como copulado. B reaccionaba violentamente con un “¡salí!” y un empujón proporcional a la gravedad del vejamen.

Es obvio que esta práctica tuvo una rápida fecha de expiración. Todos se enteraron del chiste a los pocos días, siguieron un par de días de alerta vigilante sobre los hombros y usando el rabillo del ojo. El nerviosismo expectante dio paso al tedio cuando los pocos ataques desesperados, en modalidad guerrilla, fueron neutralizados. Y nos olvidamos del asunto.

Lo de la mancha venenosa devenida mancha anal era – ahora lo veo – una evolución obvia. La mancha había sido hasta ese momento un evento deportivo, una demostración de destreza y velocidad para esquivar la mano envenenada. También, claro, una física del poder, a través de la imposición de la humillación: el más hábil corría y tocaba al menos hábil en algún lugar complicado (la pantorilla, por ejemplo) para obligarlo a correr agarrándose la pantorilla, cubierto de oprobio y ridículo.

Pero paulatinamente y sin que nadie lo dijera, la inoculación de la mancha pasó de los ingeniosos lugares que complicaban la locomoción del manchado, al culo. Entiendo ahora que se trata de una clara socialización de la cópula extraterrestre arriba mencionada, ahora celebrada en grupo, y donde la localización genital abandona su signo marciano (el hombro) y asume su identidad terrícola (las nalgas).

Detrás de los ligustros, la mancha culo fue mi primera experiencia de contacto con mi propia sexualidad. Ahora estoy seguro: la mancha culo (sobre todo cuando yo era el manchado) me hacía parar la pija. De nuevo, esta erección no era una erección razonada, verbalizada o analizada, esto vendría después. Pero sí sé que después de unos pocos minutos de mancha culo me alejaba del grupo y me sentaba para esconder la erección, con la excusa de que tenía que recuperar el aire. Y si elegía participar durante un rato largo me ataba el buzo de gimnasia en la cintura con el nudo hacia adelante.

El final de los juegos, fue, estoy casi seguro, obra de una mujer. Fue una de ellas, envidiosa, aburrida de jugar al elástico, petulante en su halo de perfume Coqueterías, que se asomó y nos vio y fue y le dijo a la maestra.

Lo que siguió sí me lo acuerdo bien. La señorita María Emilse, la de lengua y sociales. Un día de primavera, limpio, mucho sol. Nos llamó a todos los varones al aula y envió a las mujeres, con un dedo levantado, lejos, a la sala de música. Cerró todas las puertas herméticamente. Cerró los postigos de las ventanas y, a las 3 de la tarde, encendió la lámparita cubierta de telarañas del salón. Al principio no la entendí, porque empezó a hablar de lo que significaba ser hombre y dijo la palabra masculinidad. Y nos habló de lo que serían nuestras vidas, de hijos y nietos y tataranietos y de la historia de la humanidad. Y dijo, al final, que dejarse tocar la cola no era de hombres. Que si nos dejábamos tocar la cola íbamos a perder la posibilidad para siempre de tener hijos y de contribuir a la historia de la humanidad. Humano viene de hombre, dijo. Y después dijo, bajando la voz, saliendo de atrás de su escritorio y apoyando el culo sobre el escritorio, que no lo iba a comunicar a nuestros padres, pero que si se enteraba de una sola cosa más de lo que pasaba atrás de los ligustros iba a haber sanciones y sí lo iba a comunicar a nuestros padres. ¿Alguien tiene alguna pregunta?

No volvimos a jugar atrás de los ligustros, y nos tranquilizamos por unos días. Después inventamos nuevos juegos, no en la hora de la señorita María Emilse – que ya estaba avivada y miraba todo telescópicamente – pero sí en las demás.

Ahora tengo que contar algo más que pasó también en esos días de manchas cada vez más venenosas. Un día llegó a casa, fresquito del kiosco, un nuevo fascículo de El árbol de la sabiduría. Rompí ansioso la bolsita de plástico y lo abrí. En la sección de biología el tema era “El cuerpo humano”. A doble página se veían unos dibujos que mostraban el cuerpo humano desnudo de un hombre y una mujer a través de la vida. A los 7 años, a los 18, a los 30, a los 40, a los 60. Estaban dibujados con precisión y con cierto énfasis. Me llamó la atención el tamaño de los pechos de la mujer y del pene del hombre. Al otro día llevé, escondido, el fascículo, al colegio. En la hora de Manualidades, y mientras pintábamos con tinta china, hice circular el fascículo entre mis compañeros.

Eso, nada más que eso. Para muchos esa fue la primera vez que veíamos el cuerpo desnudo de un hombre, de esos hombres que seríamos y esas mujeres que los otros desearían (yo estoy más cerca de la tentación del sexo extraterrestre).

No, nadie nos descubrió, no pasó nada. O mejor dicho: pasaron unos meses, se terminó el primario y no volví a ver a ninguno de mis compañeros. Y ahora pasaron 25 años y yo fui a Merlo, a la casa de mis viejos, descubrí los libros verdes de la enciclopedia atrás de los libros de Osho y de Las sandalias del pescador en versión Reader Digest. Fui directamente al índice, a buscar “El cuerpo humano”. Saqué el tomo 2 del estante y busqué la página. Ahí estaban los cuerpos otra vez: los niños que fuimos, los hombres que somos y los ancianos que seremos. Acerqué la lámpara del escritorio a la hoja y miré en detalle. La hoja estaba cubierta de las huellas dactilares, impresas en tinta china, de todos los que tocamos el árbol de la sabiduría.

***
Dedicado a Mori Ponsowi, porque gracias al ensayo que me pidió que escribiera y nunca escribí, recordé algunas de las cosas que cuento acá y a Hernán Casciari, que ayer me aconsejó que, para salir de la sequía, escribiera sobre algún recuerdo, y eso me hizo acordar algunas cosas que cuento acá.

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