Abrirse paso

Llegó la hora de escribir. No tengo ninguna idea, nada para contar. Cierro todos los programas, el messenger, el correo, no quiero nada que me distraiga. Le bajo el volumen al teléfono y al contestador. Hago pis. Saco una gaseosa de la heladera, la abro, lleno un vaso. Corto pedacitos de queso, y lleno una compoterita con maníes. Llevo la vianda a la habitación, la apoyo sobre el escritorio de la computadora. Abro el editor de texto. Lo configuro para que la hoja sea lo más grande posible, la fuente de letra grande también. Los márgenes amplios para que los renglones sean cortos, para que rápidamente se armen los párrafos de 5 o 6 líneas. Me engaño, claro, todavía no hay nada escrito. Busco música en el disco rígido, hoy no quiero algo melancólico, hoy quiero jazz, John Coltrane o algo así. Love supreme, eso.

Tengo ganas de hacer pis de nuevo, voy al baño y de paso me lavo los dientes, casi automáticamente. Voy a comer maníes y queso, seguro, voy a tomar mucha Pepsi, así que lo de lavarse los dientes no sé por qué.

Escribo: En tres días este blog cumple 5 años.

Me freno. Mejor digo “Faltan tres días para que este blog cumpla 5 años”. No, esto suena a como si el blog estuviera separado de mí, como si lo señalara con un dedo desde una distancia prudencial. No es eso lo que quiero decir. “En tres días” tampoco me convence. No me convence esa preposición, ese “en” comodín, flácido. Si empiezo así, con ese tono, me va a salir algo empastado, impostado y no quiero eso. Ese mandato ridículo de la primera oración potente, de empezar con el pie derecho, ridículo. Mejor empezar a escribir y despreocuparse, no frenar, de a poco los melones se acomodan en el carro, con el carro andando, creo que así dice el refrán. Hay que salir del punto muerto, que el carro corcovee un poco al pasar de la primera a la segunda y ahí, después vemos.

Hace 5 años que escribo y este ritual se repite. Nunca fluye, nunca fácil. Nunca sé como empezar. Me siento y la directora que tengo en la cabeza carraspea, agarra el micrófono y en tono impostado pide que recibamos a la bandera de la ceremonia de la escritura o juremos con gloria escribir.

Basta, voy a escribir sin frenarme, sin ajustar oraciones, sin preocuparme. Tot al qué mierda importa. No soy Salman Rushdie, ni me van a dar un Nobel ni me van a venir a buscar los terroristas chiitas. Es un blog. Es un blog de mierda. No, tampoco la pavada. No empecemos a cebarnos con las afirmaciones frente al espejo. Las afirmaciones sirven si uno se las cree, y yo no creo que este blog es una mierda. Esto es un blog. Bueno, ni siquiera sé qué mierda es un blog, así que esta afirmación no funciona. Escribir. Esa esa la afirmación.

Cierro los ojos. Se me viene una suprema de pollo a la cabeza. ¿De dónde salió la suprema? Ya sé, de supreme, del tema que estoy escuchando, Love supreme. Y mi cabecita loca traduja Amo suprema. Me imaginé un gordo con la boca llena con un cacho de suprema napolitana, atragantado y diciendo Amo suprema, amo suprema, en loop. Eso no me sirve para una mierda.

A ver, qué me pasó que pueda contar. En estos días. Algo insólito o simpático o ridículo. Ah, ya sé. El otro día salí de la oficina para comprar una coca. Los pibes de la oficina me pidieron algunas cosas más: nesquik, vainillas, gatorade, alguna otra gaseosa. Volví de los chinos cargando varias bolsas de plástico. Ese día no me había puesto el cinturón. Estoy medio gordo y el cinturón me jode, me resisto a asumir que tengo que hacerle un agujero nuevo. Volvía entonces con las bolsas cargadas y se me caían un poco los pantalones. Ya estaba a unos metros de la puerta, así que no valía la pena frenarse para subirme los pantalones, total tampoco estaba en bolas y tenía la remera larga que me tapaba por atrás. El muñequito del semáforo se puso en verde, crucé la calle y llegué hasta la puerta de la oficina. Cuando estoy por dejar las bolsas en el piso escucho el grito de un tipo: “disculpame”. Dejo las bolsas en el piso y me doy vuelta. Es un tipo de unos 50 años con una onda papá noel flower power (canoso, gordote, desprolijo, fan de los Jefferson Airplanes) maneja un rastrojero que dice FLETES. “Sí”, le respondo. “Flaco, ¿no conocés un plomero por acá?” No conozco ningún plomero, pero igual no respondo inmediatamente, hago una pausa para pensar, una pausa educada. El tipo no espera a que le diga que no conozco a nadie. “Ah, me pareció que vos podías saber”, dice. El semáforo se pone en verde, el tipo arranca y se va. Me parece que no le interesaba encontrar ningún plomero. Entro en la oficina y someto la cuestión a debate. Me siento Batman frente a un acertijo del Acertijo, necesito la solución, de eso depende el destino de Ciudad Gótica. Finalmente lo encontramos: los plomeros suelen mostrar la raya del culo, por lo menos parcialmente. Viven inclinados bajo aparadores y bidets, y los jeans no fueron diseñados para eso. Podría asegurar que no se me vio la raya, pero sí es cierto que el pantalón lo tenía casi caído hasta las rodillas. Ciudad Gótica: la casa está en orde, felices pascuas.

Pero esto no alcanza para un post, es chiquito, medio boludo. ¿Es tan insólito el chiste del plomero o es vox pópuli (o como se le llame al repositorio de tomadas de pelo popular) y solo es novedad para mí? Igual no da para post, o al menos no para el post que quiero escribir, un post de varios párrafos, que empiece en A, dónde A es un hueco en el alambre de tejido para entrar en un baldío sombrío y lleno de pastos altos y cañas y B es algún otro hueco, algún otra entrada o salida, algún otro lugar. Me acuerdo entonces del gesto: una zapatilla pisando un alambre, estirándolo hasta el piso para abrir un hueco por el que yo pasara. Después, una vez adentro, yo devolviendo la gentileza para que pase el otro. Entrando con un palo para abrirse paso entre los yuyos. El zumbido de las libélulas, el sol de las 3 de la tarde como un huevo a la plancha en el cielo, guerda que hay bosta ahí boludo. Las chozas, las cuevas, los escondites. Las fogatas. Acá antes había un lago, me dijo una vez mi vieja. Exageraba, claro. Tu abuelo lo rellenó, agregó. Y ahora no sé si lo soñé o lo vi. Ese campito, inmenso y abierto, inmenso y alambrado años después. Algunas chozas que armamos sobre unos montecitos de tierra. Y el agua inundando el campo, subiendo hasta el borde de las chozas, que por suerte estaban a salvo, que resistían. Pero eso nunca pasó, lo soñé. Creo que vi a Tom y a Huck en una balsa sobre el Mississipi en algún libro y me imaginé el Mississippi en el campito más allá de fondo de mi casa. Un lugar para escaparse, lejos, entre los yuyos, a las 3 de la tarde, con tu mejor amigo, clavando un palo en el fondo del río pantanoso y empujarndo hacia adelante, abriéndose paso entre los islotes, buscando el abrazo y la noche.

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