Génesis

Fue a principios de 1996, creo. En esa época no llevaba ningún tipo de diario personal ni tenía por costumbre escribir. No me acuerdo cuál era la materia, pero si me acuerdo que al final de una clase, mientras la profesora (¿María Feldgen?) borraba el pizarrón, apareció una chica avisando que la secretaría de planificación de la facultad de ingeniería buscaba tres estudiantes para que trabajaran part time. A la semana siguiente entrevisté y conseguí el trabajo. La idea era comenzar con la “informatización” de la monstruosa estructura burocrática de la facultad, pero pronto el trabajo se convirtió en el típico secretariado con pc y manejo de word y excel.

El trabajo era tolerable porque teníamos conexión a internet, cosa que para mí, y por el 96, era una novedad. Yo compraba la revista Virus Report, tenía el CD “The hacker chronicles”, pero no era un hacker, ni siquiera un geek: no había tenido una TK 85 ni una Sinclair ni una Atari, no me había colgado de ningún BBS, ni siquiera había pinchado un teléfono.

Mi amigo Ricardo, que había conocido trabajando durante el verano en Telintar, había conseguido trabajo casi al mismo tiempo que yo: era asistente de un investigador y en su oficina también había conexión a internet. La internet no era nuestro único juguete nuevo: ambos nos habíamos confesado que éramos gays un mes antes. Una noche, en octubre de 1996, decidimos por primera vez juntar bits con líbido, sexualidad con dial-up. Esperé a que la secretaría quedara vacía, lo llamé por teléfono y le indiqué paso a paso como llegar a alter-zone. Alter-zone fue lo primero que encontré cuando busqué “chat gay”.

Acabo de tipear aquella vieja dirección en mi navegador y resulta que el sitio sigue ahí. Asumí que había desaparecido, atropellado por los años y las mejoras en los sistemas de chateo, pero no. Está igual que cuando entré aquella noche, solo que vacío. El salón “conversacional”, el “casi romántico” y el “entrá asumiendo el riesgo”, estaban aquella noche.

Se me acaba de borrar de la cabeza todo lo que quería contar y estoy llorando como un pelotudo. No esperaba encontrar ese website vivo. Acabo de escribir para nadie, en el chat conversacional: “Hey!” y “Gracias a este website… mi vida cambió completamente”. Y mis palabras quedaron flotando entre las estrellitas multicolores del fondo.

Sigo. Entramos al chat conversacional con Ricardo y le expliqué por teléfono como funcionaba. “Ponete un nombre ficticio, escribí en el casillero ese y cada vez que quieras que los demás vean lo que escribiste, apretá el botón de get/send”. Había 5 o 6 personas en el chat aquella noche, y las líneas empezaron a flotar hacia la parte superior de la pantalla.

Y de pronto, y sin avisar, la magia, los planetas que se alinean, los chakras que estallan, las puertas del cielo que se abren . Algunos dicen que amar se ama una sola vez, yo sé que chatear, chateé solo esa noche. Y que esa noche no se va a volver a repetir. Y se también que las 6 personas que estaban esa noche en esa zona alterada piensan lo mismo. Sé que hablamos de Hitchcock, de Bernard Herrmann, de Nino Rota, de James Dean, de Piazzolla, de Julio Sosa, de Cortázar, de Antonioni. Se hacía difícil seguir las hebras enredadas de la conversación, el frenesí al tratar de responder una pregunta que desaparecía de la pantalla.

Antes de despedirnos intercambiamos emails y prometimos seguir en contacto. Yo le pedí el email a Andrew, un neoyorkino que tenía la palabra “gaucho” en su nick. Me contó que su pareja era argentina y que por eso sabía tanto de tango y de Buenos Aires. Andrew trabajaba hacía muy poco en N2K, una de las primeras compañías de venta de música clásica online. Al día siguiente le mandé mi primer email, escrito en un inglés rudimentario (sólo sabía lo que había estudiado en el secundario y en un año en una academia). Andrew, al igual que yo, tenía largos baches de tiempo en su trabajo, y por eso no era raro que nos escribiéramos 6 o 7 emails por día. Y no eran emails de 10 renglones, eran de tres páginas. En los próximos 6 meses, nos mandamos más de 2000 emails. Mi inglés mejoró sustancialmente, y cuando conocí personalmente a Andrew (vino a visitar Argentina a principios de 1997), sentí como si me reencontrara con un amigo de toda la vida.

Cuando, pocos días después de aquel primer chat, le conté a Andrew que estudiaba computación, me contó que Martín, su pareja, era profesor en el departamento de computación de una universidad en USA. Hablé con Martín al día siguiente. Me preguntó acerca de mi carrera y de mis notas y me contó que existían becas en USA para estudiantes destacados. Debía tener buenas notas, dar algunos exámens standard (TOEFL, GRE general y GRE de computación), recolectar cartas de recomendación fuertes… y terminar mi carrera. Le dije que me faltaban 3 años y medio para terminar (había cambiado de Ingeniería electrónica en la UTN a Sistemas en la UBA y me había demorado por pereza y por tener que tomar trabajos que estropeaban mis cursadas). “¿3 años y medio? Es demasiado, terminá la carrera en un año y medio, en 3 años Estados Unidos se va a partir en dos y se lo va a comer el mar”.

Eso hice, les pedí a mis padres que me bancaran y me anoté en 9 materias por semestre, cuando el programa recomendaba 3 o 4. Había días en los que cursaba 5 materias, de 8 de la mañana a 11 de la noche. Dormía en la biblioteca. Mis compañeros grababan las clases y daban el presente por mí. Recuerdo un día en que dí dos finales al mismo tiempo. Terminé el primero en media hora y salí corriendo a dar el otro, al que llegué media hora tarde. Dí exámenes libre. Rogué y chupé las medias, permanecí despierto durante días, pedí fechas especiales (que no me dieron), compré bombones para infinitas secretarias y tomé pastillas para “estar más despierto” (que no me hicieron ningún efecto).

Me postulé para tres universidades en USA y fui aceptado en una. El 24 de agosto, 4 días después de dar mi último final en la UBA, me subí al avión que me llevaría a Estados Unidos, donde viví durante 6 años. Una semana después de llegado me cansé de escribir dos versiones de cada email (una para los que sabían que era gay y otra para los que no). Seleccioné todos los contactos de mi libreta de direcciones y los incluí como destinatarios de un email que titulé “Una bomba y un malvón” (era un guiño a la canción “Un vestido y un amor” de Fito Paez). Tomé aire y empecé a escribir, con los las manos calientes. “A continuación pasó a enunciar la benemérita frase: soy gay”, decía por ahí. “Bienvenidos a mi vida libre de censura previa y cortes higiénicos”, decía por allá.

Ese email sí lo conservo. Y las manos calientes.

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