Inflación

[Buenos Aires, 11 de enero de 2005, 2.30pm]

– A Bulnes y Güemes, por favor.

De los 5 taxis que tomamos en las últimas 4 horas, este este el primero que tiene aire acondicionado. También parece ser el primero cuyo conductor no parece desesperado por charlar. Y por eso me dedico a conversar en inglés con Martín y Andrés, que están sentados en el asiento trasero.

– ¿De dónde son ustedes? – interrumpe el taxista. Yo sabía que era demasiado pronto para cantar victoria.
– Yo soy de acá – contesto yo.
– Yo crecí acá en Buenos Aires pero ahora vivo en Nueva York – contesta Martín. – Él también vive allá – agrega, señalando a Andrés.
– Ah, hablás muy bien español.
– Vos también – responde Martín, automáticamente.

A Martín no le gusta que supongan que porque vive en Nueva York ha perdido sus raíces argentinas. El taxista no entiende la ironía, pero sí el aire levemente belicoso, así que opta por callarse la boca.

Frenamos en un semáforo y un chico de los que pide se acerca a la ventanilla del conductor. El taxista levanta un dedo y dibuja un no en el aire. El pibe pasa de largo. Dos metros más atrás viene una adolescente con el mismo aspecto desaliñado del pibito. A ella sí le baja la ventanilla, y la chica le da unas tarjetitas.

– Para ustedes – anuncia el tipo, mientras me pone los papelitos en la mano.

Una palmera azul sobre fondo amarillo. “Ambientes totalmente renovados”. “Juegos románticos”. “Íntimo refugio con todo”. “Playa privada”. “Promoción desde 15 pesos”. “Presentar esta tarjeta en conserjería”. Hace mucho que no voy a un telo, pero 15 pesos un turno de 3 horas parece una ganga.

– Se ve que uno de nosotros tiene cara de no necesitar sexo, porque nos dio 3 tarjetas y somos 4 – comento.
– Ese soy yo, porque estoy casado – se ataja el taxista.
– Ajah, ¿y cómo es que no tenés el anillo? – no puedo evitar el comentario malévolo.
– Lo tuve que empeñar. Igual ese telo está muy bien, eh… ojo, es barato pero bueno.
– ¿Y vos como sabés si sos casado? – yo tengo la presa en los dientes y no la pienso soltar.
– Con mi esposa fuimos el año pasado, para el aniversario.

Yo giro la tarjeta, inspecciono el reverso y continúo con el interrogatorio.

– ¿Y la llevaste a la especial, la del colchón de agua, la del colchón masajeador o el hidromasaje?
– No, la baratita, la especial… con la flaca ya nos conocemos…
– Con más razón.
– Pero en serio es bueno ese lugar, eh. La otra vez había una pareja de turistas que no conseguían hotel y yo les dije que vayan ahí a pasar la noche. Te sale más barato, te traen el desayuno y el diario gratis a la mañana…
– Y podés ver tele…
– Bueno, en realidad hay dos canales – corrige el taxista.
– Y te podés maquillar tirado en la cama, con el espejo del techo, re práctico.

Escucho la risita de Martín desde el asiento de atrás.

– Lo que yo no entiendo es que lo más barato es la especial. Esa sale 15 pesos. Si la especial sale 15 pesos, ¿la standard sale 10? — de pronto siento un interés arrebatador por las estrategias comerciales de los telos bonaerenses.
– No, lo más barato es 15, yo pregunté lo mismo… — confiesa el taxista.
– Es un infame truco de marketing – me enojo yo –. Lo hacen en Estados Unidos con todo. El café es tamaño grande, grandote y gigantesco. Ya no hay más gaseosas chicas o medianas, hay grandes, super grandes, y super extra grandes. Lástima que no pase lo mismo con el tamaño del sexo de los hombres.

Hay unos diez segundos de silencio atronador. Hasta que el taxista tose y pregunta:

– ¿Bulnes y Güemes era, no? Es la esquina que viene.

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