La otra endogamia (2)

Una regla útil: no escribir si no sabés que querés decir. Violé esa regla en el artículo “La otra endogamia”, que publiqué días atrás. En realidad sólo escribí una frase al final de una cita de Norman Mailer, y con eso alcanzó y sobró para que no se entendiera nada de nada.

Confieso que en ese momento pensé que sí sabía lo que quería decir. Ahora me doy cuenta que no; que más que una idea, lo que me perseguía era un malestar, una picazón. Trataré de explicar de qué hablo.

Se supone que la aparición de las bitácoras iba a traer las vivencias del hombre y la mujer común al centro de la escena. Digo hombre y mujer común y quiero decir: el taxista, la puta, el albañil, la contadora, la infiel, el drogadicto. Esa profusión no iba a ser sólo de ámbitos o profesiones, sino de personalidades y por lo tanto de voces y de texturas vitales. Los medios “tradicionales” (es decir los diarios online, el periodismo de los grandes medios, los monstruosos formadores de opinión) iban a ser abatidos por la metralla de subjetividades de miles de webloggers con vidas que sólo superficialmente imaginábamos cuadradas y carentes de interés.

No sé si otros esperaban esto, pero yo sí me creí el jingle blogger y esperé la explosión multicolor que se venía y que se viene y que nunca llega. Y lo que sucedió es exactamente lo contrario: se multiplican los weblogs que pretenden alcanzar algún standard de seriedad periodística trasnochada. Abundan los idiotas que eyaculan de felicidad si consiguen publicar una “primicia” 15 segundos antes de que aparezca en El país o en La Nación Online.

Quizás esta frustración sea una frustración privada. Y quizás exprese mis propias falencias, dudas y resquemores y no una situación real. Dudo del valor utilitario de este post y la intención – ya lo dije – no es curar o diagnosticar, sino dibujar el contorno de esa picazón que me cuesta tanto rascarme.

Yo, quizás como Mailer, leo y escribo para entender mejor el mundo. Y, como Mailer, estoy ya demasiado familiarizado con “la sensibilidad de los sensibles” y desconozco casi todo de “la ingenuidad de los fuertes y de los estúpidos”. Y cada vez que leo un nuevo weblog percibo el mismo olor viejo de la sensibilidad sensible y la inteligencia inteligente.

Estoy siendo inexacto; los nuevos weblogs que leo caen en dos categorías: aquellos que se regodean en el detalle anodino de la autobiografía o aquellos escritos por alguien que se puso el traje de escritor o periodista o analista teórico del fenómeno weblog y nos ofrece su perorata pretensiosa desde el púlpito.

En ambos casos el efecto que produce la lectura de estas páginas es el mismo: un aburrimiento arrollador. Pareciera que el que escribe lo hace sólo para morirse un poco más. O, lo que es lo mismo – y esto se percibe claramente en los weblogs con pretensiones “serias” –, los weblogs parecen una tarea para el hogar, el trabajo que te encargó un jefe insoportable.

La aridez resultante tiene, creo, dos causas fundamentales. Una ya la mencioné: muchos webloggers harían mejor en preocuparse por sonar lo más “coloquial” posible, una vez que la escritura se despoje del miriñaque de la pretensión “literaria” y el que escribe se sienta cómodo en el limitado espacio de su voz “hablada” en el papel (que nunca es equivalente a la voz hablada), se puede re-construir un “estilo”. La otra causa es el pudor y la cobardía: muy pocos webloggers se animan a la autobiografía jugosa e incandescente. O sea: si hay hechos verídicos que se relatan no comprometen al protagonista, y éste aparece siempre inteligente, simpático, amigable, irónico y revestido de su aura de héroe. El que escribe pareciera decidir qué tipo de imagen construirá en el cerebro del lector a priori y luego sólo selecciona aquellas historias que refuerzan esa esa imagen. Esta maniobra es inevitable y hasta necesaria, el problema es que la mayoría de los escritores parecen haber elegido el mismo traje; a este baile de disfraces todos vinieron vestidos de odalisca.

Puede ser que, como dije antes, no esté hablando del estado de las cosas, sino del estado de MIS cosas. Muchos posts en Puto y Aparte – los viejos – parecen escritos por un sensible acurrucado en su propia choza fría o navegando contra corriente las aguas de la melancolía: la sensibilidad del sensible (ahora que lo pienso, uno de mis weblogs se llama “Mirá como tiemblo”… esa necesidad morbosa de extrapolar la sensibilidad hasta que se vuelve sensiblería). Otros posts, los más recientes, esquivan ese esquema auto analítico y masturmelancólico, intentan la historia por la historia misma, buscan escapar hacia delante incorporando otros personajes y sujetándose fuerte a la estructura de secuencia: pasa esto, luego esto y al final esto otro. Algunos se han quejado – quizás con razón – de que esas historias están vacías de sentimientos, frizadas anímicamente.

El caso más extremo y sintomático sucedió con “El sur”. Algunos festejaron el registro documental de la historia, el protagonismo de esos cuatro pibes y mi desaparición del escenario para dar paso a este Holiday on Ice made in Lanús. Otros vieron el gesto como un acto de cobardía: “no me creí ni un poco tu perfil bajo en esa conversación” – acotó alguien. Y quizás todo termine, al fin y al cabo, desembocando en una dicotomía que me persigue desde hace años, que se intensificó en los últimos meses y que voy a ilustrar contando una pequeña anécdota.

Hace 4 semanas empecé un taller literario; nunca tuve ningún tipo de formación “literaria” seria y decidí probar. Al principio de la clase la “profesora” comenta y critica los textos que se leyeron la semana anterior (y que ella tuvo tiempo de desmenuzar y analizar durante la semana). Luego cada uno de los que escribieron algo (textos breves, de dos o tres páginas) lo leen frente a los demás. Como no llevé nada a mi primer clase, la profesora sugirió que le envíe un texto por email durante la semana, para que a la semana siguiente ella pudiera “criticarlo”.

Luego de un arduo debate interno – y después de intentar infructuosamente escribir algo nuevo en tres días que me dejara contento – decidí enviarle “El sur” a la desprevenida profesora. La crítica fue certera: la vacuidad del texto, su crudeza, ese ir y venir que no va a ningún lado, ese espiral que nunca despeja del mundo limitado de la performance sexual y el licuado de flujos. Yo respondí diciendo que todos esas cualidades fueron concientes, buscadas y cultivadas.

Esa conversación existió y existió tal cual se relata (o “casi” como se relata). Una semana después de sucedida decidí bajarla al papel. Y ahí me enfrenté al intríngulis: bajarla al papel… ¿en qué formato? Empecé a escribirla como una historia típica de Puto y aparte: una pequeña introducción contando por qué me metí a un chat telefónico heterosexual, algún comentario irónico, etc, seguido de la transcripción de la charla, interrumpida por “pantallazos” de mi subjetividad. A poco de empezar, y luego de releer las dos primeras páginas, me irrité: el texto perdía velocidad y frescura. Las voces de estos pibes pasaban a segundo plano, y yo al primero: de nuevo era yo haciendo ventriloquía con 4 marionetas en la falda. En ese laberinto de ironías y raptos efectistas la voz de estos pibes sonaba lejana y afónica.

Y sentí en carne propia y en un texto propio la irritación que me embarga al leer mucho de lo que leo últimamente: la presencia del autor como obstáculo entre el lector y el material. El idiota que insiste en presentarte un chongo cuando vos sabés que es mucho mejor que vayas a encarar vos directamente, el pesado que se resiste a hacerse a un lado de una vez.

Decidí que había una sola forma de escribir ese texto: con el material crudo como único recurso, como único truco. Empecé a tachar todos los flecos y a serruchar esquinas. El texto original tenía el siguiente formato:

CHRISTIAN (con falsa curiosidad): ¿Y vos cómo sabés cómo la tiene?
(risas)
JONATHAN: Porque este se pajea con el Venus todo el tiempo… en cualquier lado.

Luego de una primera cirugía, quedó así:

– ¿Y vos como sabés como la tiene?
– Porque este se pajea con el Venus todo el tiempo, en cualquier lado.

El desafío era lograr que el diálogo fuera legible de un tirón, sin que el lector se confundiera y decidiera abandonar a mitad de camino. Las 5 voces tenían entonces que ser distinguibles; además, iba a tener que insertar giros verbales para alisar los pliegues de la charla y aceitar el ida y vuelta de preguntas y respuestas. Como el “Jonathan”, que inserté al final de la pregunta:

– ¿Y vos como sabés como la tiene, Jonathan?
– Porque este se pajea con el Venus todo el tiempo, en cualquier lado.

Si esas inserciones eran mínimas y discretas, el texto iba a conservar su olor a realidad. En algunos casos la dinámica de la conversación tuvo que ser alterada para que la charla no derivara en pura interrupción tartamudeada (en el momento del orgasmo fingido, yo acompañé con mi propio orgasmo, pero relatar ambos clímax en paralelo hubiera roto el hechizo y el ritmo).

La segunda cirugía fue eliminar grandes secciones de mi diálogo, era necesario esconderse entre bambalinas para que estos pibes ocuparan todo el proscenio, aunque algún lector de olfato fino descubriera que el nivel de intimidad que estos pibes muestran hacia mí no se condice con lo que yo “pelo” en la charla. O sea, un lector atento se pregunta: “¿Por qué estos pibes se la pasan diciendo que Christian es macanudo si prácticamente no dice nada?”

Rebobinando: hay veces en los que hay que optar entre la literatura y la realidad. ¿Deberíamos siempre organizar lo que vemos, predigerirlo y entregarlo a los lectores envuelto para regalo? ¿O hay veces en los que la realidad debería exhibirse desnuda, con sus pelos y señales al aire (ya sé que esto es imposible, pero deberíamos al menos trabajar con esa intención)?

Esa dicotomía entre realidad y artificio, entre desnudez y disfraz, entre diseño y caos es la que me atormenta y me alimenta. Nuestras bitácoras son los puentes que construimos en el medio de ese terremoto.

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