Actuar para vivir

[18 de Septiembre de 2004, experimentando fuera de Puto y aparte]

Hace unas semanas decidi experimentar con textos alejados del formato de este weblog. Ese vagabundeo me llevo hacia el lado de la ficcion y el travestismo: decidi escribir la historia de una mujer de 30 anios y armar un weblog con ese material.

Me sente a escribir y de un tiron salio esto que aparece mas abajo. Arme el weblog en blogger (actuarparavivir.blogspot.com), parti el texto en tres y lo publique. Decidi no publicitar el weblog, no explicar que el weblog era ficcion y yo era su autor y ver que pasaba… pero lo cierto es que lo que escribi tiene tanto envion que me resulto imposible bajar un cambio y continuar la historia.

Esta chica parece a punto de convertirse en asesina serial o en la Linda Blair de El Exorcista. Pero igual me sigue cayendo simpatica.

Y por eso publico aca el primer capitulo de su biografia. Y quizas, quien te dice, me vuelve la inspiracion y saco este weblog de la incubadora.

Actuar para vivir

Se supone que tengo que empezar por el principio, pero ninguno de esos principios explica nada de lo que vino después. Uno de esos principios ocurre en un quirófano del conurbano bonaerense hace 31 años, mi vieja recostada pujando y seguramente repitiéndose que basta de hijos, ahora sí, con tres alcanza y sobra y en realidad con dos alcanzaba y sobraba pero así es la cosa y ahora no vale la pena volver atrás, porque la vida va hacia adelante y si mirás para atrás es como ir a 200 por hora por la ruta 2 y mirar sólo por el espejo retrovisor, en cualquier momento te estrellás contra uno que viene de frente y terminás crucecita de palo al costado de la ruta y nadie se acuerda de vos salvo el de la estación de servicio que vive a 4 kilómetros y a veces pasa, y le da lástima y entonces frena y mete 4 claveles baratos de los más comunes en un frasco de mayonesa vacío que sirve de florero y se sube al rastrojero y se va.

El otro principio posible incluye la pija parada de mi papá dentro de la concha de mi mamá 9 meses antes del quirófano y un forro Tulipán pinchado. No sé si la marca berreta de forros en esa época era Tulipán, capaz era Bombucha o Dos Banderas o Pirelli, estoy casi segura que había un monopolio en el sector caucho – látex, aunque en historia económica argentina no soy experta. Pero en algún momento el forro se pinchó por falta de lubricación o por exceso de fricción, y si mirás la escena con una especie de microscopio de rayos X vas a ver un grupo de espermatozoides como cometas cruzando el espacio sideral de la concha de mi vieja hacia el astro rey óvulo y ahí ya estoy yo, producto de la meiosis, mitosis, micosis o halitosis, porque en biología tampoco soy experta.

Lo que sí sé es que mi concepción fue accidental, y lo sé porque mi hermano tiene 8 años más que yo y mi hermana 11, y las fotos encima del modular… es difícil explicar por qué, pero vos mirás las fotos encima del modular y te das cuenta que mis viejos y mi hermano y mi hermana son como un equipo, como un diagrama que alguien dibujó con Rotring (yo hice un año de ingeniería textil para cubrir el mundo de tapados sintéticos y ponchos ecológicos y así salvar a las focas, a las chinchillas y a los carpinchos). Decía que mirás las fotos y te das cuenta que yo soy como una guest star, como alguien que agregaron a último momento, una Joan Collins en un episodio de Los Roldán, una puntilla torpe y descosida en ese vestido de noche, como cuando la madrina llega tarde al cumpleaños del ahijado y ya apagaron la velita pero hay que volver a juntarse todos alrededor de la torta y volver a soplar y a poner cara de tres deseos frente a los flashes de las kodaks. Es así, mis viejos ya estaban metiendo los restos de la torta en un tupper, descolgando las guirnaldas, barriendo el papel picado y reventando los globos ya achicharrados y aparecí yo. Creo que se entiende por qué el quirófano o el forro pinchado no me gustan como principios, mas allá de que no expliquen nada: el mundo está lleno de quirófanos y forros pinchados…

Hay otro principio, aunque no está ubicado cronológicamente antes que todo lo demás. Pasó hace 4 años y es un principio porque a partir de ahí todo cambió y ya no hubo vuelta atrás. En el menú descolgable de la vida el “Deshacer” estaba grisecito y si hago clic no pasa nada o suena ese eructo horrible del Windows y aparece un cartelito que dice “la opción no está disponible”. No está disponible, nunca lo estará. Podés distraerte jugando al buscaminas un rato y olvidarte que atrás está la otra ventanita, pero está claro que hasta el día del shut down voy a tener que vivir con ese deshacer en grisecito, con ese principio que empuja todo hacia adelante y con ese error fatal en pantalla azul y mayúsculas Courier.

Ese principio, que elijo porque hay que clavar una chinche en el mapa de una vez por todas, transcurre en un telo de gaona, con jacuzzi porque estoy festejando 15 meses de salir con Fernando. Afuera llueve con truenos y relámpagos y es una de esas noches en las que podría despertar frankestein. Cuando le señalo la referencia a Fernando y le digo que tiene que ver la versión con Boris Karloff el me dice que “a mí lo que me despierta esta tormenta es el indio”. Fernando no era así de grasa, y la referencia al despertar aborigen vino acompañada de una guiñada de ojo de lo más Francella.

Terminamos así en ese telo y llovía y tronaba, y de pronto – el resto se me borronea, será porque todos los puntos difusos de esa noche se reunén en un sólo contorno brillante – Fernando está entre mis piernas dedicándose con fruición a eso que llaman cunnilingus. Yo estoy ahí, gimiendo tímidamente y mirando la tele. No es una porno, es TN y hay una especie de Pancho Ibañez – bigotito, pelo peinado con regla y transportador – que abre y cierra la boca y no dice nada porque yo le bajé el volumen para que Fernando no se de cuenta que me cansé de la Cicciolina y el negro de la pija elefantiásica. A veces me gusta mirar hablar a la gente sin sonido y ponerle yo misma globitos de historieta en la boca y que digan lo que yo quiero. Y la verdad es que no sé que decían los globitos del bigotudo o por qué de pronto miré a Fernando entre mis piernas, el flequillo de la frente apenas transpirado, las cejas apenas fruncidas, los ojos apenas entreabiertos y pensé Fernando, buen tipo, Fernando. Fernando, sorete blando. Y él apartó apenas la cabeza de mi entrepierna, seguramente para respirar. Y ahí lo ví: un castor, parecía un castor cavando una madriguera, o algún otro marsupial de esos que construyen pequeñas represas en arroyitos de América del Norte, o una ardillita escondiendo una nuez en un pozo, o una comadreja, uno de esos animalitos que yo quería salvar con la ingeniería textil y las Rotring, pero no pude y no quise y no quiero.

Me quedé ahí tirada en la cama gimiendo como una foca de circo amaestrada con una pelota gigante en la nariz, porque no soy tan turra y porque no puedo patear a Fernando diciéndole que cuando me chupa la concha parece un mapache. Gemí un rato largo mientras miraba las rayas de interferencia que los relámpagos dibujaban en la tele, unas cuchilladas plateadas sobre el tipo de bigotitos de TN que me hablaba a mí pero que yo no podía entender del todo, porque tenía la pelota gigante en la nariz y un mapache entre las piernas y porque en malabarismo nunca fui experta. Y después de quince millones de años se terminó el turno y sonó el timbre en la habitación y como siempre Fernando preguntó si quería quedarme otro turno más y yo le dije que no, que tenía que estudiar, que me encantaría pero tenía que estudiar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Amigos

Despenalizar

Orgullo