Ausente con aviso
Doy la quincuagésima vuelta, irritado porque el lugar es un desastre. Uno de los tipos acodados en la barra sonríe. Está borracho, pienso yo, y continúo mi periplo, aferrado a mi botellita de Pronto Shake. Cuando me freno y giro para apoyarme contra una columna, veo que el borrachín de la barra está a dos metros, con la sonrisita todavía colgada de la cara.
– Hola – me dice, antes de que pueda reaccionar.
– Hola – respondo, sin demasiado interés.
– ¿Nos damos unos besos?
Me acordé de aquel viejo LP de Luis Aguilé (¨Para mis amigos los niños¨) que mi viejo me regaló cuando tenía 5 o 6 años. Estaba rayado al final del soporífero ¨La familia polillal¨: ¨… la familia poillal, la espía por un-¨ y con un chirrido áspero saltaba al frenesí rocanrolero de ¨La canción de la vacuna¨: ¨pero entonces llegó el doctor… manejando el cuatrimotorrrrr¨. Ahora siento saltar la púa entre ese ¨hola¨ timidón y la propuesta indecente y efervescente de ¨¿Nos damos unos besos?¨. Se me ocurren otras progresiones mas sensatas: ¨Hola¨, ¨¿Venís seguido?¨, ¨¿Vamos a algún lugar más tranquilo?¨, ¨¿Te puedo dar un beso?¨, ¨¿Tenés forros?¨, ¨¿Sabés dónde para el 152?¨, por ejemplo. Pero ¨Hola¨ seguido de ¨¿Nos damos unos besos?¨ suena inaudito, imposible: hay un hueco ahí que hay que llenar, un degradé que hay que pincelar. ¿Será que se produjo uno de esos grumos en el universo, un granito de pus en el continuo espacio – temporal de esos que desviven a Stephen Hawking? ¿Será por eso que, quizás huyendo instintivamente de la succión de la anti materia, dije: ¨Vení¨ y arrastré al desconocido hacia un paraje más seguro?
Nos dimos unos besos. Y nos preguntamos unos preguntas. La primer persona del plural no es una afectación: hubo un reparto equitativo de besos, sonrisas y preguntas. Un proletaríos del mundo uníos, besaos, mordisqueaos.
– ¿De dónde sos? – pregunté yo.
– De acá – respondió él, como esquivando un pelotazo a la ingle.
– De acá de Argentina, sí, pero ¿de dónde? – yo había ya detectado un acento provinciano y una intrepidez sotreta en la invitación al besuqueo recíproco.
– De… de Rosario. ¿Y vos?
– De acá, de Buenos Aires.
– Pero vos también tenés acento raro, che…
– Viví 6 años en USA, volví hace tres semanas.
– Ah, yo en realidad soy de Santa Fé ciudad.
No entendí nunca por qué ser de Santa Fé era un estigma y ser de Rosario no, por que la confesión de mi extranjería tenía que preceder la de él. Lo hice parar delante mío, le pedí que se quedara quieto y no hablase durante dos minutos: los jeans ajustados y raídos, las piernas anchas, la camisa a cuadritos, rea, desabrochada, la sonrisa aleteándole en los labios, las cejas pobladas y unidas. ¨Che, me mirás como si estuvieras por comprar una Heresford en la rural¨. Ese que habla es Marcelo, santafecino, empleado de aduanas.
¨Yo nunca vengo a este tipo de lugares¨, ¨Esta es la primera cerveza que me tomo¨, ¨Menos mal que llegaste vos porque ya me estaba por ir¨.
A las tres cosas respondí ¨no seas versero¨.
¨Sos muy bonito¨, ¨Me encanta tu sonrisa¨, ¨Haceme lo que quieras¨.
A las tres cosas respondí ¨estás borracho¨, y se enojó. En la barra pidió dos Prontos y después otros dos. El carrousel giraba como siempre, la caravana lenta de fantasmas rapaces, que miraban a Marcelo con hambre caníbal. ¨No me importa nadie, sólo me gustas vos¨. Le pedí que nos fuéramos.
Afuera la ciudad ausente, pero esta vez con aviso: eran las 3 de la mañana y en una hora Argentina jugaba la final olímpica. Mientras caminábamos por esas calles post nucleares, Marcelo deshojaba la margarita de su historia:
– Hasta los 27 años no pasó nada en mi vida. Me enamoré perdidamente de un pibe que nada que ver. Yo jugaba al rugby y él también, éramos como hermanos, pero nunca pasó nada. Bah… sí, pero él dormido.
– ¿Eh? ¿Le chupaste la pija dormido?
– Sí… pero él nunca lo supo.
– ¿Una sola vez?
– No, muchas.
– ¿Y se le paraba?
– ¿Cóooomo?
– Entonces él lo sabe, se hizo el tonto. A un tipo no se le para la pija dormido, por más pesado que tenga el sueño, ¿le chupaste la pija 500 veces y el tipo nada? Más vale que lo sabe…
– La pija solamente no… otras partes.
– ¿Le chupaste el culo…?
– Sí… pero él no sabe nada.
– Sí que sabe, no seas bobalicón.
– Ahora se enteró que soy gay y medio se hizo a un lado…
– Sí, porque mientras eras hetero, el estaba seguro y tranqui, eras el amigo hetero que le hacía el combo pete-beso negro trasnoche. Ahora sos el maricón rapiñero que lo violó, por delante y por detrás.
– Che, nos conocimos hace 1 hora y ya me cagás a pedo… y ni siquiera cogimos. No hay derecho…
En ¨La madeleine¨ pedimos una grande, mitad de roquefort y mitad de palmitos. El siguió repitiendo: ¨No me importa si cogemos o adónde vamos, sos tan bonito…¨. Y enseguida: ¨¿Por qué estás tan en guardia? Sos tierno por el lado de adentro pero tenés miedo de mostrarlo.¨ Yo comía mis maníes y sorbía mi diet Sprite.
El restaurant se llenó de gente, de extraños que pedían sumarse a las mesas ya ocupadas. Todos pendientes de la pantalla de TV gigante, mientras nosotros comíamos nuestra pizza en nuestra burbuja. Fui el único en esa pizzería que tenía la televisión a mis espaldas, fui el único que observó los efectos del agridulce narcótico del deporte en esas caras desaforadas.
Apenas terminó el partido salimos del restaurant. En la vereda dormían tres pibes, cubiertos con trapos y con la radio que intentaba anular los bocinazos de los festejos. La canción que sonaba era un lamento chingui-chingui con una puntilla de acordeones. Sé que dentro de diez años me tragaré esta pastilla y me transportaré – a lo Matrix – a este invierno 2004 en Buenos Aires, a ese taxi al que nos subimos y en el que luego me olvidé la campera, y en el que también sonaba la misma voz cascada, que volvía a explicarlo todo, como si hiciera falta: ¨Los caminos de la vida / no son lo que yo esperaba / no son lo que yo creía / no son lo que imaginaba. / Los caminos de la vida / son muy difíciles de andarlos / muy difíciles de caminarlos / y no encuentro la salida…¨
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