Gyros, shiros, giros

[4 de junio de 2004, 4am, East Village, NYC; encuentros afganos de tercer tipo]

4 de la mañana. Yo cruzo el East Village camino al subte. Acaban de cerrar los bares y en las veredas se amontonan grupitos de jóvenes borrachos. Recostado contra la vitrina de un negocio cerrado hay un pibe que me mira al pasar. 1, 2, 3, 4 segundos de mirarme a los ojos. ¿Está borracho y yo sólo ocupé el punto en el espacio en el que decidió entretener su mirada? ¿O se trató de una mirada deliberada, con intenciones non sanctas? Camino 15 metros más, hasta la esquina, saco el celular del bolsillo y simulo revisar los mensajes, mientras giro lentamente como un radar atontado. El tipo me mira, pero no con la insistencia de la calentura furtiva. Opciones: 1. está con amigos y no tiene libertad para escaparse, 2. es hetero y sólo está flirteando 3. estamos jugando un extraño ajedrez insomne.

Yo estoy parado frente a un local de comida árabe, del que brotan cada 10 segundos borbotones de jovencitos mordiendo sus gyros, sus shish kebabs y sus shawarmas. El pibe charla con un amigo y mira cada tanto, tiene puesta una remera verde apenas ceñida, unos jeans baggy y unas zapatillas Vans.

De pronto se escucha una sirena y caen dos patrulleros. Se bajan dos canas, corren por la vereda y doblan la esquina. Al girar veo que el pibe de remera verde está enfrente mío. Jaque a la reina. Me pregunta que pasó. Le digo que se ve que alguien llamó a la cana por ruidos molestos o porque hay menores tomando alcohol. Pega media vuelta y se aleja de nuevo hacia donde está su amigo. Enroque.

Un pibe de unos 25 años, de pelo bien oscuro y camisa cuadrillé camina por la vereda hacia mí; lo acompaña un tipo alto, larguirucho, vestido de traje. El pibe de cuadrillé tiene rasgos árabes, duros y una mirada que corta la respiración. ¿Por qué me siento tan mirado hoy? ¿Espejito espejito, quién es el maricón más mirado del East Village?

Sería mucho más fácil echarle la culpa a que estoy borracho o caliente y que por eso detecto tormentas magnéticas u hormonales imaginarias. Pero no estoy borracho (no tomé nada en toda la noche) y no estoy caliente (me pajeé dos veces hoy).

El árabe y el de traje charlan a dos metros, murmurando y sonriendo entre ellos. Y más acá hay un grupo de cuatro chicas, una de ellas con un top ajustadísimo que dice “rock and roll royalty” en letras plateadas. El árabe se acerca con un cigarrillo apagado en la mano y le pide fuego a la reina del rock. Ella le entrega su cigarrillo encendido con la petulancia que se merece un lacayo. El árabe chupa del cigarrillo, tuerce la boca y escupe una voluta de humo al aire, muy a lo Bogart. La chica gira y le da la espalda, e impreca a una tetona igualita a Siouxsie de Siouxsie and the Banshees: “Te dije que no quiero drama hoy. Que me dejes de joder con tus estupideces y dejes de tomar si te ponés estúpida y loca como ahora. Y que salgo para divertirme, no para aguantarte los ataques.” El árabe se da por vencido y vuelve a reunirse con el larguirucho de traje.

Son las 4.30 y está claro que ya perdí el tren de las 4.47, tengo un hambre atroz, así que mejor me como un gyro. En el momento de pagar se me acerca un pibe con una peluca anaranjada y me pregunta que pedí. Le contesto que un gyro, que prefiero ir a lo seguro hoy. Le pregunto si viene de una fiesta de disfraces y le señalo la peluca en la cabeza. Me dice que no. Ajah, tragame tierra.

Salgo del local y el árabe sigue ahí, en la puerta, con el de traje y otro más.

– Las mujeres son complicadas – les digo.

Me miran como si terminara de apearme del lomo de un avestruz.

– Por eso me hice gay – completo.

Jaja. Garump.

El jaja es mío, una risita poco convincente. El garump o alguna otra onomatopeya que indique atragantamiento o tocecita incómoda es de ellos.

– Mirá que bien, así que odias las conchas… qué cosa – agrega el árabe, como si mi confesión necesitara clarificación.

Es la segunda vez que la tierra no se abre, a pesar de mi invocación silenciosa. Es que estas placas tectónicas últimamente vienen falladas. Me escondo atrás de mi gyro y me alejo unos metros, hacia la esquina. A los dos minutos el árabe y el de traje se despiden del tercer pibe y se me acercan.

– Seguí así de gay vos, es más fácil – me dice el árabe, acompañando el consejo con tres palmaditas suaves en el hombro.

– Seguí así de hetero vos… – le respondo, y le hago una venia milica.

El de remera verde desapareció y en el medio de la calle hay una homeless negra cantando “Yesterday” a los gritos. Necesito pastillas de menta.

Camino dos cuadras y al fin encuentro las pastillas de mentol azules que me gustan. Al salir del negocio, me encuentro con el árabe y el de traje de nuevo.

– ¿Cómo va amigo? ¿Qué estás haciendo? Vení con nosotros que vamos a un bar de acá a dos cuadras…
– ¿A buscar chicas? No, otro día, es tarde…
– No, algún hombre habrá para vos también, dale vení…

Ya perdí el tren de 5.15, así que por qué no. El árabe saluda a todo el mundo y cada dos metros se para a charlar con alguien. A veces en inglés, a veces en francés y a veces en algo que podría ser árabe.

– ¿Cómo es que te conoce todo el mundo? ¿De dónde sos originalmente? – le pregunto.
– Soy de Afganistán, pero hace 6 años que vivo acá. Vivo a dos cuadras, me conoce todo el mundo.

El amigo de traje sigue sin emitir palabra.

– ¿Y vos de dónde sos? – le pregunto al mudo.
– De Turquía.
– ¿Estambul? ¿Ankara?
– Estambul.
– Mirá que bien, yo soy argentino.

El árabe se aleja unos pasos enfrente mío. Tiene jeans bastante ajustados y un culito esponjoso. Perdido en el vaivén hipnótico del culo, no veo aparecer a tres negros altos, que surgen de la nada. Es todo medio confuso, todos saludan y se abrazan (y me incluyen en las presentaciones y en los abrazos). Hay alguien que se llama Alí y algún otro que se descarga con un monólogo.

“New York está lleno de gente falsa. No sé que le pasó a esta ciudad… antes no era así. Antes se podía tomar cerveza en la vereda, o fumarse un porro. Ahora cae la policía… antes la policía aparecía, pero uno apagaba el porro y tiraba la latita de cerveza a la basura y listo. Ahora no. Vas a la cárcel. 37 horas. Y la gente no es de verdad. Nada es de verdad. En Francia no es así, Francia es el mejor país del mundo, la gente no es falsa. Nadie te mete en la cárcel por 37 horas. 37 horas, no 40 ni 24 ni 48, son 37, te juro.”

Más abrazos y los tres tipos que se despiden, a pesar de que el árabe intenta que se unan a nuestra misión.

– ¿Y vos sabés dónde queda Argentina? – digo yo, intentando sacarle conversación al del culo Betty Crocker.
– Sí, en sudamérica. Maradona es de ahí.
– Sí, ahora está a punto de morirse, pobre Maradona… drogas, la fama lo pudrió. La fama no es para todo el mundo, a algunos los ensucia, a otros los enceguece, a otros los estupidiza…

El que describe los efectos letales de la fama soy yo. Será que a las 5 de la mañana empiezo a hablar como mi mamá.

– ¿Sos ingeniero? – le pregunto de repente al turco –. Yo estudio en la universidad y todos los turcos que conozco son ingenieros. No sé por qué será. Tendrán una buena universidad en ingeniería… ¿vos sos ingeniero?
– No, no soy ingeniero.
– Yo salí un mes con un turco, era medio loco. Camionero, buen tipo, pero loco.

No estoy borracho. No estoy drogado. No estoy demente. Lo juro por el eterno falo sagrado. La confesión sale de algún hueco raro en mi cabeza, alguna valvulita mal cerrada que ahora escupe este géiser.

– Mi amigo coge muy bien – dice el árabe, agarrando del hombro al de traje -. Coge muy bien y tiene muy buena verga. Yo soy hetero, pero mi amigo no le hace asco a nada, mujeres, hombres, lo que sea.

Yo me quedo pensando si seré hombre o lo que sea. El de traje asiente con la cabeza, mudo. Y yo lleno el silencio incómodo con un “ya veo”.

El bar está cerrado, y el árabe se enoja: “Es temprano, acá siempre cierran a las 5” – refunfuña. Yo le aviso que ya son las 5.15.

– Bueno, hay que irse a dormir nomás entonces… – dice el árabe, como si fuera el Topo Gigio.
– ¿Me hiciste venir hasta acá para nada? – bromeo, pero con la certeza de que llegó el momento de quemar las naves.
– Mirá, yo soy hetero, pero mi amigo… a ver esperá…

Yo debería decirle que el que me gusta es él, que el turco no me mueve un pelo.

– Ey ey ey… Está todo bien, no necesito donaciones de caridad… ¿me ves tan desesperado? – pregunto, con intención retórica.

El árabe me mira de arriba abajo y después me mira a los ojos y se ríe. Cruza un par de palabras con su amigo en árabe.

– Mi amigo se quiere ir a dormir… – sentencia.

Nos despedimos con un abrazo y los veo alejarse por la vereda. El turco de traje y el culo afgano que no volveré a ver nunca más.

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