Ricotta

[20 de Mayo de 2004, East Village, New York City: una noche en el bar The Cock]

Me abro paso entre la turba que se sacude al compás de “Come as you are” de Nirvana, hasta la tarima sobre la que baila el stripper. Saco un dólar del bolsillo del pantalón, se lo muestro y le hago una seña para que se agache.

– ¿Sos latino? – le pregunto.
– Sí – me sonríe. Venezolano, ¿and you?
– Argentino.

Le unto los abdominales con el billete y se lo meto en el slip. Hago una pequeña reverencia como para anunciar mi retiro, pero el me guiña el ojo y me agarra la mano. Se corre el slip hasta que la verga queda al descubierto, y lleva mi mano hasta sus huevos y luego al tronco de la pija. Entiendo que se trata de un gesto de hermandad latinoamericana, que no hubieran soñado ni Bolívar ni Cesar Isella. La pija está dormida, tibia, apenas húmeda, como el bar mismo.

Vuelvo a la barra y pido una Bud Light. El bar es un zoológico variopinto: punkitos, chicos Old Navy, algunos viejos hippones, pendejos cubiertos de tatuajes, algún otro con saco y corbata. Estoy en el East Village, en el bar The Cock y la muchedumbre es una especie de Tierra Media de Tolkien gay, de todos los colores, de todos los tamaños, de todas las edades. Hay un cartel de “No fumar” (en castellano) pegado en la pared, pero todos fuman, y nadie parece acordarse que está prohibido fumar en todos los bares de New York desde hace meses.

Sobre esta muchedumbre aturdida por el humo y el pogo cansino (suena The Clash) se alza el stripper venezolano. Me detengo a observarlo unos minutos y me doy cuenta de que hay algo raro en él, algo que lo diferencia de cientos de otros strippers que he visto sobre cientos de otras tarimas: no está drogado, no está borracho, baila concentradísimo y divertido a la vez, y parece no preocuparse por los dólares que se enroscan en las tiritas de su slip; la está pasando bien. Aún cuando se le acerca un homeless clon de los hermanos Macana y le acaricia el pecho y le besa el estomago y la pija por sobre el slip, el venezolano se ríe, se toca, se mece al ritmo de la música y de las propinas.

Al ratito se pone unas bermudas sobre el slip, se baja del escenario y enfila hacia la barra, donde yo sigo acodado, tomando cerveza.

– ¿Hace cuánto que vivís en Estados Unidos? – le pregunto.
– 12 años, un montón de tiempo, ¿no? ¿Y tú?
– 8 años… Che, ¿no es ilegal andar poniéndote en pelotas como te ponés vos?
– Supongo que sí, la verdad no sé…
– Sí, creo que si venden alcohol no te podés poner en bolas, al menos tenés que cubrirte con el slip y la tirita en el culo…
– Sí, igual acá no se puede fumar y se fuma, no me puedo poner en bolas y me pongo… acá se rompen todas las reglas…
– Pero más allá de eso, ¿te conviene ponerte en bolas? ¿No te dan más guita si insinuás más y mostrás menos?
– Yo bailo porque me gusta, la plata que me dan se la doy a los barman… a mí me pagan un dinero fijo…
– Che, ¿y vivís de esto o tenés otro trabajo?
– Vivo de esto… bueno, durante 10 años viví de esto, ahora también hago películas porno.
– Mirá que bien, ¿para qué estudio?
– No soy exclusivo de nadie, trabajo para todo el mundo.
– ¿Y sos activo o pasivo?
– En la vida real soy versátil. En las películas también pero últimamente me llaman para que sea pasivo…
– O sea que ese culo no lo hiciste lavando platos…
– Me estoy haciendo bastante famoso como pasivo…
– Mirá que bien, porque la mayoría de las estrellas porno más conocidas suelen ser activos…
– Eso se tiene que terminar, ¡he dicho!

Chocamos las botellas de cerveza en un brindis.

– ¿Y te divierte o lo hacés como un laburo?
– En las primeras no, pero las últimas diez que hice me divertí mucho…
– ¿Diez últimas? ¿Cuántas películas hiciste en dos años?
– Unas cincuenta…
– Guau… ¿y sos gay o bi?
– Gay, nunca cogí con una mujer… ¿y vos?
– Yo tampoco… soy gay. ¿Y hacés “servicios” también, como para suplementar tus ingresos?
– No, muy muy raramente.

Le convido una pastilla de menta, que acepta.

– Che, ¿a mí me pareció o sos circunciso?
– Sí, soy recortadito.
– Tu mamá no te hizo un gran favor con eso, te iría todavía mejor en el porno si fueras uncut…
– Sí, el pediatra de la familia decidió recortar…
– Los yanquis tienen la obsesión con el frenillo, como porn star sería mejor tener la carnecita…
– Sí, les encanta a los americanos…
– Algunos hasta te piden que no te laves…
– Los calienta que esté sucio, les gusta la ricotta… cerdos hijos de puta…

Empieza a sonar Lou Reed y el venezolano mira hacia la tarima vacía.

– ¿Cómo te llamás?
– ¿Mi nombre real?
– Los dos, tu nombre real y el “artístico”.
– Mi nombre artístico es Carlos Morales, mi escuela primaria estaba llena de Carlos… El Morales me lo puso el estudio. El nombre que me dio mi mamá es Iván Ortiz. ¿Y el tuyo?
– Christian Rodriguez, un gusto.

Nos damos la mano y me hace una seña indicándome que tiene que volver a la tarima.

Lo veo abrirse paso entre la turba que se sacude al ritmo de “What’s good”. Se sube a la plataforma, se saca las bermudas, gira en redondo, se sacude apenas y se inclina hacia delante, para mostrar los dos gajos de su culo, separados apenas por la tirita del slip.

Y se corre la tirita del slip y se abre los cachetes y le muestra a la turba imperturbable el agujero del culo.

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