Pacman
[15 de Abril de 2004, 6 AM, Piscataway, NJ; abriendo de nuevo el boliche]
Me fui sin que me echen y volví sin que me llamen.
Acá correspondería que explique por qué me fui, pero no tengo ganas. Tiro algunas barajas sobre la mesa y que cada uno arme su chinchón. Me cansé, me aburrí. Escribir se convirtió en una rutina atolondrada. Hablar de mí me pareció un ejercicio vanidoso, insultante: me sentí como una gorda tetona haciendo un strip tease frente a un grupo de somalíes desnutridos. Es decir, no me escandalizó la pornografía del cuerpo desnudo, sino lo superfluo del acto, el ¿para qué? sin respuesta.
Y hoy me doy cuenta de algo obvio, algo que sí supe – quizás inconcientemente – cuando empecé a escribir el blog pero me olvidé pronto: mi audiencia es una audiencia única y en esa única butaca ocupada estoy sentado yo dentro de 50 años. O sea, yo, viejo verde – o de cualquier otro color –, yo, que me olvidé de casi todo en defensa propia.
Y ni siquiera hace falta imaginarme dentro de 50 años, mi memoria es un disco rígido rayado, que sólo lee 15 de las 5000 pistas y se empecina en asegurarme que los 33 años que acusan las velas en la torta son una exageración, una pantomima.
Y siempre vuelvo a la misma conclusión, que no debería entonces llamarse conclusión, sino inauguración, porque me permite volver a empezar: escribo para mí, o sea para alguien que desconozco. No hay target, o es un target móvil, fantasmagórico. Un Gasparín anciano para nada amigable que me lee en el futuro, y yo le cuento mentiras verdaderas, le sirvo guisos a medio cocinar, le muestro mis tatuajes Rorschach.
Tampoco sé bien por qué vuelvo. Me encantaría tirar algunas otras barajas sobre la mesa y que cada uno arme su escoba de quince, pero no se me ocurre nada. Dénme un par de meses, pido gancho, el que me toca es un chancho. Igual, y por las dudas ofrezco una explicación compacta de mi despedida y mi posterior regreso: quiero publicidad. El slam del portazo, seguido del Febo asoma ya sus rayos luego de unas míseras semanas de desaparición y silencio.
O quizás esté de mejor humor. Esta semana hice mis impuestos y resulta que el IRS me tiene que devolver casi mil dólares. Me aceptaron mi primer artículo en una conferencia (SIGGRAPH, la conferencia más importante de computación gráfica y animación).
O quizás sea el libro que leí casi en tiempo record (300 páginas en un día, sin dormir, casi sin comer). El tipo que lo escribió ya está muerto y enterrado, se lo comió el pacman del SIDA en 1995, pero antes, mucho antes del game over – aunque ya perseguido por sus fantasmitas y corriendo entre las paredes de este laberinto – escribió un libro lleno de fantasmitas, de laberintos, de odios, de impotencias y de felicidades.
Suena mersa, y quizás lo sea, porque también es mersa Alterio y su ¨La puta que vale la pena estar vivo!¨ o Almafuerte y sus cabezas rodando en el polvo que muerden y vociferan vengadoras o cualquier otra versión edulcorada de esos adagios arrebatadores.
Lo que sí se es que en este negocio que cierra por liquidación no queda otra que ser mersa. Por ahora, es lo que hay. Y será cuestión de combinar el jean corderoy bordeaux con la camisa escocesa celeste. Y bailar este carnavalito y enredarse en estas serpentinas.
Algún príncipe en alguna lejana comarca decretó en 1983 que en su reino había que enfiestarse como si fuera 1999. Y yo decreto hoy, y en este principado, que hay que celebrar como si fuera 2004.
Y yo, y el viejito fantasma que me espera en el futuro somos, por ahora, los únicos invitados.
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