Fideos picantes

[20 de Agosto de 2003, Piscataway, New Jersey, los primeros días con mi compañero de departamento coreano]

– Precalentamiento

Hace un par de días llegó mi nuevo compañero de departamento. Se llama Chang, es de Corea del Sur y está a punto de empezar su doctorado en Ingeniería Eléctrica en Rutgers. Su inglés es balbuceado y disperso si se evalúa con optimismo, atroz e inútil si se evalúa con objetividad. Nuestros primeros intercambios verbales fueron:

Yo: ¿Hace mucho que estás en USA?
El: Días. Tres. Corea, nacer. Electricidad ingeniería.

Cada palabra es precedida por un revoleo de ojos que indica que está buscando en su diccionario mental el equivalente inglés de algún grafismo coreano grabado en su cabeza. Se trata, está claro, de una tarea titánica que le cubre la frente de sudor. Dispara una sonrisa de piedad, no se si hacia mí, que intento decodificar el gorgorito o hacia sí mismo. Intento darle un descanso y sigo con mi propia presentación, a pesar de que no mostró interés alguno en escucharla.

Yo: Yo soy Argentino, estudio computación, hace 5 años que vivo en USA, 3 en New Jersey y 2 en California…
El: Argentina, fútbol. Corea. Cuarto. 2002.
Yo: Sí, me acuerdo que Corea salió cuarto en el mundial del 2002. Muy bien.

Me mira con la cara vacía de expresión; yo intento ser amistoso.

Yo: En Buenos Aires hay muchos coreanos. Tienen casi todos negocios de ropa barata.
El: Argentina ¿capital? ¿Gente Corea?
Yo: Sí, creo que muchos coreanos vienen a Buenos Aires para luego venir a USA.

Digamos que como diplomático dejo bastante que desear, mi intento de ser amigable terminó en la sugerencia de que los coreanos son todos vendedores de ropa de pésima calidad desesperados por colarse de alguna manera en USA. Como la única respuesta que consigo es la perplejidad de la cara de mi interlocutor continúo.

Yo: Sí, mucha gente en Buenos Aires no los quiere, dicen que comen ratas y explotan a sus empleados.

A pesar de que el dato es objetivamente cierto y fácilmente comprobable (el dato de lo que la gente cree, no de que efectivamente coman ratas o exploten a sus empleados), no puedo entender qué relevancia tiene en esta conversación con este coreano, que no piensa vivir en Buenos Aires, que no tiene un negocio de ropa y que ha llenado las alacenas de fideos pero no de roedores en salmuera.

El: ¿Ratas? ¿Comer? ¿Mickey Mouse?

Y se ríe, se tapa la boca y se ríe más, y se ríe a carcajadas.

– Más tarde

Pasé buena parte de la tarde explicándole a Chang como conectar su computadora a la red super rápida de Rutgers. Estoy exhausto. Cada explicación es un interminable forcejeo semiótico, un ping pong de significados truncos y gestos ampulosos, tratando de apresar lo inapresable: el inglés.

Me refugio finalmente en mi cuarto, pero parece que la puerta cerrada no es un obstáculo para Chang. Y está claro que el inglés no es el único lenguaje con el que Chang tiene dificultades. Para la mayoría de los mortales una puerta cerrada de un dormitorio indica que su ocupante: a. duerme o b. se masturba c. se ocupa con alguna otra actividad privada. La mayoría de las variantes confluyen en el significado unívoco de “no quiero ser molestado”. Y quizás esta última consigna puede invalidarse en caso de que el que se enfrenta a la puerta cerrada esté en una situación de emergencia.

Debo estar loco, pero en mi lista de situaciones de emergencia no figura la situación “encontré un tarro de mermelada de durazno en la heladera y necesito saber de quién es”. Parece que sí figura en el listado de Chang, porque cuando abro la puerta luego del enérgico toc-toc lo veo con el tarro de mermelada en la mano. Me pregunta con una sonrisa: “Mermelada. ¿Usted? ¿O basura? ¿Descartar?”.

Supongo que mi gesto si es de factura universal y que mi irritación barre fronteras. Digo que no, vuelvo a cerrar la puerta El día pasa y no hay más toc-tocs.

– Al otro día

Estoy ahora sentado en el sillón mirando televisión. Chang cocina fideos y canturrea. Una de las cosas que noté enseguida es que el manejo del espacio físico de los coreanos es distinto al nuestro (y distinto al yanqui). Supongo que cada cultura tiene su propia burbuja de espacio privado, una esfera imaginaria que nos rodea y que no debemos invadir en nuestra interacción social. Por supuesto que esa burbuja es elástica (se encoge en un subte lleno). La burbuja de Chang parece ser más chica porque cuando me habla lo siento encima, a una distancia que solo considero aceptable si conozco el gusto de la saliva de mi interlocutor..

La otra diferencia que noto inmediatamente es que Chang parece considerar que mirar televisión es una actividad irrelevante y por lo tanto interrumpible en cualquier instante. Estoy ahí sentado mirando “The nanny” y totalmente absorbido por el virtuosismo cómico de Fran Drescher y Chang viene a preguntarme sucesivamente: 1. si el aire acondicionado funciona 2. si llueve seguido en New Jersey 3. si en Argentina comemos fideos picantes 4. si en Argentina llueve seguido 5. si mi celular funciona dentro del departamento y 7. si todos los días me acuesto a las 4 de la mañana.

Al final opto por hacerlo callar con un gesto de la mano (y que alguna vez le vi a Katherine Hepburn) y le indico que voy a contestarle cuando vengan las propagandas. Me mira sin entender nada. Y yo me pregunto si en Corea habrá PROGRAMAS de televisión, quizás la televisión sea una secuencia continua de avisos, todos igualmente interrumpibles.

– Al día siguiente

Estamos los dos tirados en el sillón, Chang y yo. En silencio, con la televisión apagada. El terminó de comer, yo terminé de leer. Y me acaba de regalar una pequeña cajita escrita en coreano. Y me explicó: “Corea, té, nervios, calma”.

Yo intento ocultar mi gesto de: “Más que darme té para calmarme los nervios, ¿qué tal si desaparecés vos, motivo único de mi irritación?”. El, por las dudas, aclara: “Nervios de exámenes. Muchos exámenes”.

Está claro que su percepción de mi lenguaje no verbal ha alcanzado un nivel de sofisticación envidiable en solo un par de días.

Otro silencio. De pronto se me ocurre decirle que soy gay. No me alienta el escándalo fácil sino la conveniencia.

Esto merece una explicación.

La noche anterior sonaron una serie de detonaciones a la distancia. Eran fuegos artificiales, celebrando que empiezan las clases. Supuse que Chang se sentiría en casa (yo pensé que la sangre asiática dictaba el disfrute automático de videojuegos, dibujos animados y fuegos de artificio), pero no, salió de su habitación con los ojos desencajados y me preguntó: “¿Revólver?”. Lo tranquilicé y se volvió a meter en su cuarto. Estoy seguro de que si hubiera estado encerrado en mi habitación (y no lavándome los dientes frente al espejo), hubiera golpeado mi puerta.

Por eso decidí decirle que soy gay. Evaluemos esta situacion:

Supongamos que traigo un “invitado” al departamento. Chang está en la cocina hirviendo sus fideos picantes y me ve con mi invitado. Pronto nos pierde de vista. Se va a su habitación a dormir, yo me voy a mi habitación con mi “invitado”, pero no a dormir. Los ruidos de la habitación vecina despiertan a Chang: se trata de jadeos apenas amortiguados por las paredes, delgadas como un papel. Los sonidos son los de alguien que se ahoga, los de alguien al que sofocan, los de alguien al que asesinan. En este país donde los tiros de pistola son rutina, los asesinatos por asfixia deben ser también comunes, razona Chang. Y por eso decide golpear la puerta o llamar a la policía para salvarle la vida a su compañero de departamento argentino. Sí, quizás el argentino sea irritable, sí, quizás le cuente historias ridículas acerca de cómo los coreanos en Argentina comen ratas, pero lo cierto es no merece la muerte.

Yo: Soy gay.
El: ¿Usted? ¿Gay?
Yo: Sí, soy gay, ¿sabés lo que significa gay?

De nuevo, no sé si estoy siendo amistoso o insultante.

El: Sí. ¿Usted? ¿Gay? Gay… usted… ¿persona gay? ¿Usted Christian persona gay?

Sí, soy yo, soy Christian, soy persona, soy gay. Hago 4 gestos afirmativos.

El: Oooohhhhh. Usted. ¿Gay?

Necesito el té de la cajita, muchos tés de muchas cajitas. Ya.

Yo: Sí, yo gay.
El: ¿Cómo?

Son incontables las formas en qué las personas reaccionan cuando les digo que soy gay. Acá va una lista de las respuestas más comunes:

1. “Yo también”.
2. “Mentiraaaaa, es un chiste ¿no?”
3. “Tengo un tío gay”.
4. “¿Duele?”
5. “¿La ponés o te la ponen a vos… la de poner la entiendo… pero que te rompan el orto… hermano, ¡qué feo!”.
6. “¿Te violaron de chico?”
7. “Mirá vos, yo me hice un aborto” o “Mirá vos, yo le envenené el hamster a mi hermana para vengarme de que me ganaba siempre al elástico, pero fue hace como 10 años” o la confesión de algún otro acto que mi interlocutor juzga criminal.

Pero nunca hasta ahora alguien había reaccionado preguntando cómo.

La respuesta que se me ocurrió fue: “¿Cómo? Agarrás una pija dura y la introducís en el esfinter de otro varón, decís a coro un par de ‘Sí, sííí, así hasta el fondo’, etcétera”. O quizás probar la mímica; representar el sexo entre dos tipos con los gestos enfáticos de Marcel Marceau.

Pero no, me detuve justo a tiempo y sospeché que lo que Chang preguntaba con su “¿Cómo?” era “¿Cómo puede ser que seas gay?” o incluso: “¿Por qué sos gay?”. Y decidí responder con un gesto cansino: me encogí de hombros. Fue la respuesta más sincera. ¿Por qué soy gay? No tengo ni idea.

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