Carta a la revista "El amante"

[16 de Febrero de 2000, Rutgers, New Jersey, carta publicada en el correo de lectores de la revista “El amante”]

La 1:30 de la mañana. Estoy en mi oficina, aburrido furiosamente. Estoy en New Jersey, hace frío, tomo Coca Diet. A quién le importa.

Me fui de Argentina hace dos años, para estudiar Ciencias de la Computación (ojalá nunca a nadie se le ocurra ponerle “Ciencias cinematográficas” a la carrera de cine). Tengo 29 años. Soy gay. Hombre. Argentino (¡Canejo!). A quién le importa.

Extraño Argentina. Amigos, olor, humedad, televisión, superpancho, contraflor al resto.

También extraño el lenguaje. El inglés me queda corto de mangas, sí sí: en New Jersey hay latinos, pero cada vez que me cruzo con uno tengo que andar cambiando “colectivo” por “gua-gua”, “campera” por “chaqueta” y demás. ¡Que lo parió! (quiero decir, ¡Pícate el culo!).

Debería estar programando un sistema que recibe datos de una cámara y los interpreta. Yo nací para programar lo que pocos pueden ver. La cámara. La máquina de mirar.

Estaba acá perdido. Melancólico. Me puse a mirar cámaras web. Esos ojos idiotas mirando paisajes desolados. A las 3 de la mañana, confirmé que en la redacción de La Nación nadie labura. Que el oso panda del zoológico de San Diego duerme hecho un ovillo. Que Puerto Madero brilla apenas fluorescente y desvanecido. En el tercer piso de la redacción de La Nación las pantallas vacías. Los teclados inertes. Los pilones de carpetas escenográficamente distribuidos.

Quizás tenía algo para decir y sea esto: la revista es bárbara. Y los adoro por ponerla en internet. Soy estudiante. Le hago creer al tío Sam que soy inteligente y el tío Sam me da guita para vivir (léase “beca”). Pero no para garpar la subscripción de El Amante. Por suerte están acá (quiero decir allá).

Gracias por escribir con fibra y músculo, respiración y jadeo, sístole y diástole (¿que horror las metáforas cardíacas, no? Pero bueh, en estos últimos días el furor marketinero de San Valentín me produjo efectos lisérgicos).

A veces no me gusta un carajo lo que dicen.

Pero otra vez, a quién le importa.

Fui a Baires en diciembre. Se acababa el mundo y mi familia reclamaba una muerte conjunta: brindis y apagón. Vagué por Buenos Aires. Amo leer revistas. Me compré un montón. Yo soy lector de las revistas que mueren de muerte súbita: El porteño, Cerdos y peces, Caín. Con mucha fe fui y compré varios pasquines: la revista de Lanata (un bodrio), Tres puntos (más o menos), El planeta urbano (lindas las figuritas), El amante con la reseña del año 99. Leí la de ustedes (me la devoré) en el avión. Leí hasta la reseña del documental acerca de la vida del peluquero de Baglietto (¿o eso fue en otro lado?. Una gloria.

Y pasó lo que tenía que pasar. Tengo una manera fácil de saber cuando algo es glorioso, cuando algo que leo, escucho, como, respiro, marca una cumbre orgásmica en mi biorritmo. Cortita: si vas a escuchar a un grupo de rock y no te dan ganas de comprarte la guitarra y solfear “Yesterday” inmediatamente, si no mirás una película y empezás al otro día a guardar la guita del sanguche del mediodía para comprarte una camcorder, si no ves a un transformista y a la noche siguiente no te calzás los tacos aguja y el traje Chanel… estás perdiendo el tiempo.

La revista de ustedes me dió ganas de escribir, escribir, escribir. Y ahora se joden. Acá les cae este email.

Escribo escribo escribo escribo. A quién le importa.

Quiero armar una ciber-revista. Ni idea de qué. Sólo tengo el entusiasmo. Conozco alguna gente copada. Al principio pensé en fundar una revista gay. La NX es simpática, pero caótica. Leés una nota sobre HIV y su relación con los paradigmas estéticos de fin de siglo y desde la página siguiente te guiña un ojito Don “Micky” (servicios completos a domicilio). Don “Micky”, por supuesto, con virulenta erección.

Yo me dije: soy gay, dale que va. Vamos a hacer una revista “gay”.

Escribo. Gay. Escribo. Gay. Escribo “gay”.

Pero no, la gente gay en Argentina dice que escribir para “gente gay” no va. Ufa. Quizás escriba gay, igual. O quizás sea una revista con gente gay y gente que no, pero diciendo que soy gay. Como hombre gay tengo mis puntos de vista (que feo sonó eso), ¿por qué no compartirlos? Es decir, para mí los pechos de Brando en “Un tranvía llamado deseo” son mucho más cinematográficos que los de Marylin en “Los caballeros las prefieren rubias”, aunque de esta última amo ese licor espeso que es “Los inadaptados” de John Huston. La película es de ella, mal que le pese a todo el mundo. No es de Cliff, ni de Gable, ni de Huston. Que no jodan.

¿A quién le importa?

Quería que se sientan de alguna manera responsables de mi entusiasmo, de mis ideas y de mis zozobras. De mi insomnio.

Basta de divague. No creo que hayan llegado hasta acá. Solo hay una posibilidad. Que el que lea este email lo haga por las mismas razones por las que yo lo escribo. Porque es de noche, porque estoy solo, porque estoy lejos, porque estoy insomne, porque la cafeína de la Diet Coke me pegó en la pineal de lleno.

Gente, los gestos innecesarios pueden ser de una violencia desgarradora. Y eso es lo que pasa con la publicación de la página de El Amante en internet. Un gesto mínimo. Innecesario. Un gigantesco “a quién le importa”.

A mí.

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