Mirando por el ojo de la cerradura
[17 de Octubre de 2001, San Francisco, USA]
Cumplo años mañana, ingreso a los 31 y como siempre me replanteo mi vida. ¿Sólo por un día? No, últimamente me replanteo drásticamente mi vida a cada segundo. Mis replanteos son muchas veces casi adolescentes: abandonar la vida sedentaria, convertirme en un tipo atractivo físicamente, atleta. Pero también me enredo en el intríngulis fundamental: ¿cómo hago para conseguir un novio a medida que me pongo más viejo y me banco menos la pelotudez circundante? Si no conseguí un boludote a los 23 años, cuando era joven y me comía cualquier bola de fraile, ¿cómo hago para conocer alguien a los 31, cuando mi tolerancia hacia la forrada se acerca peligrosamente a cero?
Y de pronto evalúo que nunca llegué en una relación al nivel en el que se despliega el romanticismo zombie de mandar flores, decir “cuchi cuchi” y compartir flatulencias en la cama. Y se me pone complicado manejar el vaivén entre mi tendencia a buscar “amor descartable” (como diría Federico Moura) y la picazón insoportable de la cama doble a medio llenar. Me he tenido que bancar un par de cosas grossas solari en la vida (primero porque mis padres siempre fueron figuras fantasmagóricas más que presencias tutelares y luego porque me vine a vivir a yanquilandia) y eso te hace duro, pero también hosco y solitario. Tengo que aprender a masticar un poco más y digerir un poco más, en vez de tirar tanta comida rápida a la basura.
Estos son solo un par de vetas de mi replanteo existencial… sólo un rasguño en la superficie de lo que me (sobre)pasa. Aún así, no estoy deprimido. Enfrento la coyuntura como si fuera una tarea para el hogar, una casa de Tucumán en hoja canson número 5 que hay que rellenar a puro parquetrí: un poco de plasticola, un punzón y a darle con paciencia, hasta lograr que las columnas con repulgue tomen forma, construir los cimientos de una casa donde vivir el resto de mi vida, con una alfombrita mersa en la puerta que diga “Hogar dulce hogar” y donde pueda, de una vez, declarar mi propia independencia y oír el ruido de rotas cadenas. ¿Pero de qué me libero? ¿Me libero de mi propia libertad, de mi propio albedrío? Hector Oliveira confesaba en Rayuela que nunca se había sentido tan libre como cuando estaba totalmente atado a la locura caótica y taciturna de La Maga. Bondage existencial de Oliveira, dominatriz con los ojos vendados: La Maga.
Pero, ¿dónde encuentro al Mago? ¿Será el Mago Cacarulo, el que me rompió el culo? De esos ya pasaron centenares, y hubo polvos mágicos, palomas brotando de galeras y a veces terminé serruchado en tres secciones, pero todo ese ritual fue sólo eso, prestigitación. Nada por aquí, nada por allá. Se termina la función y uno vuelve a casa y se acabó el circo. Y ahí sí hay que enfrentar los leones hambrientos de la noche, solo, sin látigo, sin silla de madera con la que parar los zarpazos letales y arrancarle aplausos espasmódicos al público.
Acá estoy, sigo mirando el mundo por el ojo de la cerradura. Yo toco el aire, el aire toco. La vida me hace suncutrule. ¿Y ahora quién podrá ayudarme? ¿No contaban con mi astucia? ¡Por el poder de los gemelos fantásticos, actívense! ¡En forma de un novio pijón con alma tranlúcida!
Reclamo el derecho a una casa con empalizada de madera, una pecera con peces azulados y varios controles remotos. Y allí entrar en la etapa de la obsesidad irreversible y la incontinencia intestinal con alguien que te recuerde poner la dentadura en remojo, con alguien con quien compartir la medicación. Es un derecho inalienable.
¿Y cómo enfrento este laberinto de puertas atoradas? Creo haber arribado a la certeza de que no hay una llave que abra todas las puertas, quizás sólo un par de ganzúas: el novio pijón y tranlúcido no me va a responder la pregunta del exilio, ser gay ha fisionado cada átomo de mi vida destruyendo con su onda expansiva una miríada de problemas, pero ¿y ahora, que ya estoy de vuelta de ese periplo y ser gay es mi respiración y no un jadeo entrecortado? ¿Cómo reavivo la momia comatosa de mi vida social? ¿Trato de ser un poco más tarambana y de mandar boludo a ver si en el frenesí de hacer sonar la matraca y el pito me convenzo de que todo es fiesta?
En el tema conyugal, incluso, dejo afuera cuestiones centrales como la fidelidad, simplemente porque es patético teorizar sobre la fidelidad cuando ni siquiera dispongo de un turro a quien poder meterle los cuernos.
Mi situación: como David Lebon, antes de Pata, estoy parado en el medio de la vida. Cuando juego al veo-veo, no veo veo ninguna cosa de ningún color, mucho menos maravillosa. Y cuando juego a las escondidas termino siempre zapatilla de goma, me escondí y me embromé. Pido gancho y ningún porcino se atreve a tocarme ni con un palo. De manchas venenosas estoy cubierto y no hay quitamanchas que las quiten.
Me voy a laburar, porque de eso se trata, al fin y al cabo. Te hacés estas preguntas, en un cubículo perdido en la inmensidad de una urbe majestuosa, no encontrás respuestas y entonces, lleno de desazón, encarás el teclado y tipeás con furia… y así contribuís un poco más a la construcción de esta gran mentira.
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