La colita
La rotisería a las 5 de la tarde es tierra arrasada, no hay nadie, salvo gente a destiempo, abandonada, expulsada, refugiados que naufragan frente al pizarrón con la lista de ofertas escritas en tiza que quedó borroneado del mediodía. Yo pido una colita de cuadril los viernes, pero le cambio la guarnición a remolacha, tomate y huevo, para evitar las papafritas. – ¿Te caliento la colita? – dice la mujer que me atiende. Estoy por contestar “hace rato no recibo una propuesta tan indecente” pero lo cambio por “sí, por favor… microondas”. Entonces, en cámara lenta, como en una publicidad de desodorante, entra él. Un pibe rubiecito, de ojos claros, medio chueco, que camina como un soldadito campechano. Yo sigo con el pedido, que la mujer apila en la mesada de fórmica de atrás. Varias tarteletas, porciones de budín de verdura, ensaladas de fruta. Parece que pidiera para un regimiento. El rubiecito se apoya contra el mostrador y se inclina, lo tengo al ...