Cuba libre, un viaje, 8
Tercera jornada en Cayo Coco Me despierto tarde y almuerzo en el quincho frente a la playa. Se acerca un mozo rechoncho a tomar el pedido y me da la mano. Me llamo Lá-za-ro, dice, separando en sílabas. “El que se levantó de entre los muertos”, digo. “Ese mismo, nací en diciembre”, agrega. “Te pusieron el nombre por el santo, entonces”, sugiero. Sí, efectivamente. Pido una pizzeta de chorizo, con queso y tomate. Me dice: “Acá (se refiere a Cuba), si no tiene queso no le decimos pizza. ¿Afuera cómo es?”. Me quedo pensando, no en la ontología de la pizza, sino en la palabra afuera. Tengo la cabeza hecha un lío y no estoy para hacer análisis de discurso, pero me parece que decir afuera para referirse al resto del mundo implica un adentro opresivo. El afuera es la puerta que se abre para ir a jugar, el adentro es resignarse a ser la señorita de San Nicolás: coser y a bordar para enamorar al coronel. En la dictadura la gente se iba a vivir “afuera”. Ahora s...